Dos batallones y media docena

Me hace sentir intranquilo pensar que hay alguien esperándome en una esquina cualquiera para cebarse conmigo, me gusta poco saber que estoy metido hasta las cejas en un espacio en el que tendré que pelear por mis intereses de forma violenta. Preferiría que nadie tocase mis cosas para evitar ese tipo de conflictos. Lo prefiero porque sé que también yo desprecio la bondad cuando me arrastran hasta el borde. Y alguien que está al borde de cualquier cosa se convierte en un ser peligroso. Para otros y para sí mismo. Todos los días nos llevan cerca de ese límite. Si no es en la oficina, es tomando una copa con un payaso que decide ser el centro de atención haciendo chistes sobre tu condición sexual o religiosa, o es otro payaso el que te muestra la opción política propia como única frente a la tuya que es propia de anormales, y si no tienes un payaso a mano (cosa casi imposible) tienes a un imbécil que te quiere matar a escupitajos sin dar la cara, y si te falla siempre te queda un familiar que te pide lo poco que tienes para gastarlo en putas cuando crees que lo gasta en pagar su hipoteca.Tengo cuarenta y dos años (casi, casi, cuarenta y tres) y me he encontrado con un par de batallones de hijos de puta. Pero de los grandes. Y, exagerando, con media docena de personas buenas (sin limitaciones, buenas de verdad). Los primeros me han enseñado a sobrevivir, los otros a vivir. Y tengo aprendido que para salir adelante hay que repartir sin pensarlo dos veces. Una mano de hostias o dos o las que hagan falta. Y tengo aprendido que para vivir las tengo que recibir de vez en cuando.Sin embargo, hoy prefiero esperar. Algo tan difícil como eficaz. Y esperar evitará que me critiquen haber hecho no sé qué cosa los que acaban de hacer lo mismo cinco minutos antes o los que no han tenido valor para intentarlo alguna vez.
Guillermo juega con uno de sus primos en el salón. Les acabo de ver con espadas láser, pistolas que lanzan rayos cósmicos y una granada de mano amenazando a los lunnis de Guzmán. El resto de la familia está fuera. Creo que en el Retiro. Escucho cómo se ríen los chicos. Y yo espero. Espero tranquilo para ver como pasa el cadáver de alguien que aún cree estar vivo; espero a que llegue una manada de lobos hambrientos que buscan un rebaño escuálido por el que tendrán que matarse unos a otros si quieren comer; aguardo tranquilo mientras escucho el piano de Bill Evans. Solo, esta vez solo, porque siempre que tenemos enfrente a un miserable tendemos a convertirnos en lo mismo. Todos podemos ser un poco más cabrones porque el mundo es una gran cabronada. Eso creemos aunque es una ilusión que lava culpas. Ni más ni menos. Solo, tranquilo, sin perder los papeles que otros ya no podrán encontrar nunca.


Comentarios cerrados.