Echarse un vistazo

Día de piscina. De cansancio absoluto. Los niños han estado en remojo durante horas. No sé cómo pueden soportar algo así. Ni cómo demonios aguanté eso mismo teniendo su edad.
El sol ha estado apretando de lo lindo. Sin ceder un instante. Terco.
Ahora en casa. Solo. Escucho “Il barbiere di Seviglia” de Rossini. No es mi ópera preferida aunque puede servir. La copia ya estaba colocada en el reproductor y no me apetecía buscar otra cosa.
He dejado de ver un partido de fútbol para escribir. Escribir y ver fútbol. Las dos cosas me gustan mucho. Pierdo poco tiempo frente al televisor salvo que retransmitan un buen partido de fútbol. O uno malo. Escribiendo y viendo dar patadas a un balón me convierto en un marmolillo.
Llevo algunos días pensando sobre lo que me gusta. Y sobre lo que detesto. No me parece mal momento para hacer recuento. Inventario. Estas cosas significan mucho al que las hace y sobre el que las arma. Pero me parece divertida la cosa. Divertida y peligrosa.
Manos a la obra.
Me gusta el fútbol, mi estilográfica y su tinta verde; escuchar a Bill Evans, a Oscar Peterson, a Miles Davis; descubrir el significado de lo que escucho o leo, mirar por la ventana para descubrir que llueve sin una sola nube en el cielo, el zumo de naranja; emocionarme con un poema sabiendo que es lo peor que se ha escrito en la historia y quedarme frío con la poesía que ha pasado o pasará a esa misma historia como una obra de arte; fingir que no entiendo una palabra si me hablan en inglés, estrenar gafas pensando que esta vez sí me las pondré cuando toque (hoy estreno. A ver cuanto dura la intención), el ganado bravo en el campo y en la plaza de toros, escuchar “Cavallería rusticana” de Mascagni (me puede, esta ópera me puede), gastar los bolígrafos, la paella. Buscar estrellas cada noche y no ver ni una (ni una) pero saber que siguen donde toca. La tranquilidad de Gonzalo. Cómo interpreta cada minuto de su vida Guillermo. La sonrisa del joven Guzmán. La bondad de Silvia. Saber que viene de camino un bebé que se llamará como su madre. Otra Silvia. Y hacer listas como esta si me da la gana.
Lo que detesto es poca cosa. Lo mismo que todo el mundo. Supongo. Me detesto a mí mismo. Sí. Nadie debe extrañarse por ello. Le pasa a cualquiera que se piense. A unos les da por hacer pesas en un gimnasio y quitarse los kilos de más. Otros se operan la nariz, compran ropa cara para disimular un poquito lo suyo o dedican la vida entera a ser algo más listos. Lo que sea. Es igual. El caso es que nos gustamos más bien poco. Nos encanta lo otro, lo de otros, pero nosotros mismos no. Muchos siglos de cristianismo a cuestas como para permitirnos un lujo semejante. El dichoso pecado. El interminable remordimiento.
No creo que nadie pueda sentirse satisfecho echándose un vistazo a la facha. Menos aún si el vistazo se dirige a la conciencia desde la propia conciencia.
Ver un noticiaro en la televisión y quedarse tan tranquilo sentadito en el sofá, no prestar atención a un mendigo o volver la cara cuando se comete una injusticia con un compañero de trabajo es lo que hacemos a diario. Y eso, a secas, no nos hace felices. Sólo parece funcionar lo de ser cristianos, ser pecadores y arrepentirnos mucho, mucho, mucho, de lo fatales que podemos llegar a ser. Pero un rato. Sólo un momento. Luego vale todo porque para eso tenemos el confesionario con su cura esperando en el interior. Somos mezquinos, crueles y, además, lo sabemos. Por eso nos caemos fatal a nosotros mismos y nos hacemos cristianos o miembros de cualquier otra religión.
El que crea que puede hacerlo que tire la primera piedra. Yo no tengo piedras a mano. Ni quiero.
Pues eso. Que no me gusto. Es que soy cristiano y a veces pienso.
Una cosa más. Olvidé anotar en la primera lista “El diccionario del diablo” de Bierce. Es de gran ayuda cuando me detesto algo más de lo recomendable.

Cristiano, s.: Que cree que el Nuevo Testamento es un libro de inspiración divina admirablemente ajustado a las necesidades espirituales de su vecino. Que sigue las enseñanzas de Cristo en tanto en cuanto no son incompatibles con una vida de pecado.
Culpable, adj.: el otro.
Uno (mismo), s.: La persona más importante del universo.

De “El Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce.


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