El atroz asesinato del comerciante

Demetrio es comerciante. Siendo joven llegó hasta las indias para hacer fortuna. Piensa mientras pasea por la habitación. Las paredes de piedra fría. Más que nunca.
Quiere a su hija. Nada puede compararse con ella. Nadie puede estar por encima de ella. Pero tiene que hacerlo. A veces el dolor es necesario para enmendar el mundo, piensa. Hace que pase a su habitación. Sabe que será una muerte lenta y dolorosa. Tanto como necesaria. Pero también sabe que Dios lo puede todo y su fe es inquebrantable. Ella le mira esperando a que hable. Él se levanta de la butaca y camina hacia donde está. Los brazos estirados, primero casi en cruz; poco a poco, se van cerrando. Ella da un paso atrás con expresión contrariada. Sólo quiero abrazarte, hija. ¿A qué viene esto, padre?
Él ya puede ver cómo se muere despacio, pero le parece que debe hacerlo, es su obligación. No vas a poder ver más a ese muchacho, nunca más, no te conviene. Ni a la familia. La chica le aparta con un movimiento nervioso y grita. No le verás nunca más, lo siento. Ella apoya la espalda en el rincón y se agacha llorando, tapándose la cara con las manos. No podrás impedirlo, te odio.
Sin que ella sepa nada, una sirvienta prepara el equipaje. Sólo lo imprescindible.
La puerta del Convento de Santa Clara se abre. Un par de religiosas salen tapándose el rostro. Ven llegar el carruaje. Alguien grita desde dentro. Están acostumbradas. Ya pasaron por ello y no hay remedio.


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