El día de la falta de vergüenza

Creo que hoy es el Día del Trabajo. Creo que se celebra en todo el mundo algo así como que el ser humano tiene derecho a trabajar en condiciones dignas, que tiene derecho a recibir una cantidad justa por lo que hace, que, simplemente, tiene derecho a vivir. Y lo celebramos quedándonos en casita, de fiesta. Como si todo el mundo tuviera trabajo, viviera dignamente o no hubiera niños fabricando prendas deportivas por las que somos capaces de pagar un dineral habiendo cobrado ellos cada día lo que dejamos de propina en el bar después de tomar un café. Muy pocos son los que salen a la calle con una pancarta creyendo lo que gritan (por fortuna aún quedan algunos) y menos los que lo hacen (manifestarse con pancarta y todo) sin pensar en seguir liberados de su trabajo en la empresa gracias a su labor sindical. Me gusta poco la gentuza que tras la mesa de un despacho se dedica a explotar a otros aunque me gusta menos la gentuza que con una banderita en la mano dice defender no sé que derechos y que, en realidad, dedica el tiempo a sí mismo, a no trabajar para poder manifestarse el primero de mayo de cada año. Tal y como están las cosas preferiría estar en casa celebrando el día de la marmota o algo así.
El trabajo dignifica al hombre. Eso dicen. Y estoy bastante de acuerdo. Pero ¿qué es el trabajo? ¿Levantarse cada mañana pensando en tener mucho más dinero para comprar otro pisito en el centro y alquilarlo a un pobrecito que se levanta cada mañana pensando en tener mucho más dinero y poder comprar un pisito en la periferia? ¿Vestir a nuestros hijos con ropita llena de etiquetas que les señale como privilegiados? ¿Producir para que los políticos hablen del producto interior bruto (algo que sólo saben ellos qué significa)y ganen las siguientes elecciones cuando una barra de pan cuesta veinte veces más que hace seis o siete años? Entonces ¿trabajar es poder gastar mucho más? Somos tan esclavos como los niños asiáticos que se dejan la vista y buena parte de su vida cosiendo balones de fútbol. La diferencia es que aquí, en Occidente, hemos aprendido que tener mucho más es nuestra salvación y allí, donde se mueren del asco, han aprendido que tener algo por poco que sea es la suya, su salvación. Menuda mierda esto del Día del Trabajo.
Y digo todo esto con un recibo de mi hipoteca sobre el escritorio, un coche cojonudo en la puerta de casa, a mis hijos muy limpitos agarrando el mando de una consola que cuesta lo mismo que una pequeña casa en el sur de India y la cazuela echando humo que huele a progreso y bienestar. Hoy es el Día de la falta de vergüenza. Menuda mierda de fiesta.
El mundo se desmorona, las empresas están llenas de tontos de baba que presumen de hacer algo por impedir un desastre cuando lo que hacen es pensar en su cuenta bancaria, en que les doren la píldora, en lo mucho que se aburren en su casa con su mujer. Mejor trabajar, que eso dignifica al ser humano. Si pensamos que los que llegan en pateras es mejor que mueran por el camino, si no queremos ver un sujeto con la piel más oscura que la nuestra a menos de diez o doce mil metros, si negamos parte de lo nuestro a otros, eso da igual. Lo que hay que hacer es trabajar para dignificarnos como personas. O no trabajar para que el primero de mayo nos podamos manifestar mientras tomamos una cerveza con nuestros camaradas. Menuda mierda. El trabajo nos hace importantes y algo más libres. Pero nunca si lo convertimos en una basura.


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