El escritor que llevamos dentro

El pasado verano compré cinco amuletos defensivos (así los llaman en Sargadelos). Son muy bonitos. Se llevan colgados del cuello o en la guantera del coche. Dos sirven como defensa cuando conduces (esos son los que van siempre en el coche). Dos de ellos fueron un regalo para Juan Carlos y Raquel. Uno protege de las personas que quieren hacer faenas al que lo lleva puesto y el otro de los que viven en contra de la poesía (de las letras en general). Yo me quedé con uno igual que ese. Lo llevo junto a una medalla que fue de mi padre, a un Cristo que fue de mi hermano y a una cruz de oro que siempre fue mía y lo seguirá siendo hasta que la pierda o me muera. Hasta hace unos años nunca lucí nada de nada. Sólo cuando se me empezaron a morir alrededor fui añadiendo adornos. Ahora parezco un puesto de ferias. Eso pienso cada mañana al salir de la ducha.
Tengo que preguntar a Juan Carlos si el suyo funciona. El mío no. Me da la sensación de estar rodeado de personas que ven esto de la literatura como una cosa de locos, borrachos o excéntricos. Como una excusa para vivir del cuento, para no pegar un palo al agua, una forma de vida fácil.
No todos son así. Otro grupo cree que ellos mismos podrían hacer lo mismo que un escritor, pero que nadie les ha dado una buena oportunidad. Pueden opinar sobre una novela o un libro de poemas porque esto es cosa de gustos. No entienden porqué Faulkner, Benet o Proust son tan aplaudidos. A ellos les parece que sus novelas son un tostón y que los escritores se agarran a ese tipo de literatura para hacer inaccesible el mundo en el que se mueven.
Un tercer grupo (el más numeroso) está formado por todos aquellos a los que esto ni les va ni les viene. Esta es otra forma de vivir de espaldas a las cosas. Es parecido al voto en blanco o, lo que es peor, a la abstención. Pasan de esto.
Empiezo a estar harto de estas cosas. Hasta hace poco intentaba explicar que, del mismo modo que un matemático consigue una fórmula que nadie discute a base de trabajo, un escritor consigue una novela. La fórmula matemática será importante cuando otros especialistas comprueben que está bien construida. No los alumnos de bachillerato. No. Otros matemáticos. Y a nadie que no sea un imbécil se le ocurre poner en duda algo así porque sabe que no es capaz de acercarse sin hacer el ridículo. Sin embargo si se trata de una novela, un cuento o un poema, todo el mundo se atreve a todo. Es como si el escritor que llevamos dentro (juas) saliera a dar un paseito.
Claro que una novela puede gustar o no. Claro que las hay buenas, malas y regulares. Y claro que cualquiera tiene derecho a opinar. Pero no desde la ignorancia. El derecho a ser ignorante se lo han inventado cuatro listos que siendo unos pobres desgraciados se encontraron con un fajo de billetes en la mano y una buena dosis de poder. Como ellos son ignorantes es bueno que los demás lo sean más todavía. Pues no.
Todo lo que se hace en este mundo se hace de una forma determinada que tiene sus reglas internas, sus secretos, sus complicaciones. Si no conocemos bien todo lo que representa diseñar un avión cuando acelere para despegar se estrellará. Podemos intentarlo todos. Eso es verdad. Y el resultado será que aquí no vuela nadie salvo que quiera morir en el primer viaje. Pues lo mismo pasa al escribir. Los que se hacen famosos por acostarse con uno que ya lo era pueden escribir sus memorias (se venden como churros. Y sí, me irrita. Mucho), los periodistas pueden intentar hacer novelas (pocos son los que consiguen trabajos discretos) o los presidentes con bigote pueden escribir dos o tres libros y su esposa otros dos o tres. Escriben y venden miles de ejemplares. Y a la gente les gusta. Les divierte. Muy bien. La gente lee mucho más que antes aunque lee esas cosas. No a Benet que es un tostón. Pero a este paso aquí nadie hará literatura. Y me empieza a molestar tener que aguantar a estos papanatas que creen que por leer tres malas novelas pueden decir lo que les venga en gana. Por fortuna aún no les ha dado por construir aviones. Podremos seguir volando de acá para allá.
Sospecho que lo mismo pasa en las fábricas de cerámica. Me temo que un amuleto lo fabrica cualquiera, que un tipo cualquiera dibuja una cosa cualquiera y dice que eso defiende contra los que odian las letras. Los que vamos por allí nos lo tragamos y encima regalamos un par de ellos pensando que hacemos un gran favor al receptor. Pues no. El mío seguro que se lo inventó alguien que de amuletos sabía lo que yo de aeronáutica. No funciona. Preguntaré a Juan Carlos por el suyo aunque igual me ahorro el esfuerzo. Creo saber la respuesta.


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