El eterno plagio

Soy de los que pienso que ya está todo escrito. Una y otra vez, cada novela que leo esconde otras anteriores. La influencia en los autores se deja ver en los nuevos textos aunque se afanen en ser originales, en conseguir un estilo propio y único. A mí me pasa lo mismo.
El escritor puede distanciarse de lo que escribe eligiendo una trama que no tenga nada que ver con él, un momento histórico que no haya vivido, es decir, despegándose vital e históricamente de lo que cuente. Puede regatear muchas cosas o disimularlas. Pero de la influencia de autores que dejaron huella no hay quien de deshaga.
Mayor peligro corren los más jóvenes (como casi siempre). Hoy descubren a Salinger y tratan de escribir como Salinger, adoran a Salinger, parece que sea el único autor que merezca la pena. Mañana leen a Capote y se dejan llevar hasta que terminan creando personajes que se mueven y hablan como los que aparecen en las narraciones de Capote. Cada poeta descubierto se convierte en el único, en el más grande. La falta de experiencia y no haber leído lo suficiente tiene esas cosas. Y no es malo si se es consciente de ello, no se exagera y se va disminuyendo la intensidad en esos amores. Creo.
A Murakami, autor de “Tokio Blues”, también le pasa esto. Consigue una novela estupenda (estupenda de verdad) dibujada con los trazos de otros (Scott Fitzgerald, Salinger y Mann entre otros) y, sin embargo, nadie se lo puede reprochar. Es honesto y no oculta unas intenciones literarias unidas a su experiencia como lector y traductor de autores norteamericanos. Novela que incluye otras novelas. Propias y ajenas. Unas como referente para el lector (las ajenas, que salpican la narración desde el principio), otras como vehículo necesario para representar una realidad interesante y original (las propias, las que van apareciendo para que el personaje principal crezca sin fin).
Si Murakami se hubiera querido parecer a un escritor de tres al cuarto le saldrían mucho peor las novelas. Eligió a los grandes y consigue novelas de gran calidad.
Ya que está escrito todo, lo mejor que podemos hacer los autores es asumirlo y leer lo que merezca la pena. De ese modo imitaremos a los mejores y no repetiremos lo que ya dijeron ellos. Y, sobre todo, no trataremos de imitarnos a nosotros mismos. Ese es el final de cualquiera que intente escribir.


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