EL EXTRAÑO CASO DEL ASESINO VERANEANTE (2ª PARTE)

Al gordo le tuvimos que meter en el coche a base de palos. Como a un cochino. Con el otro no hubo grandes problemas. Coromoto le dijo que si movía la boca de esa forma se la iba a partir y que, o entraba en el coche sin dar mucho la lata, o le rompía la crisma. Con tic a la vista o sin él. Cuando llegamos a la comisaría, sacar a la ballena para poder interrogarle fue coser y cantar. Ya había recibido lo suyo y no tenía ganas de más.

– A ver, ¿quién quiere empezar? ¿Oliver o Hardy? dijo Coromoto apoyando los puños en la mesa.

– No hemos hecho nada. Y tú eres muy chulo con la placa en el bolsillo. Ya nos veremos en igualdad de condiciones.

Coromoto salió de la sala y entró poco después. Sin placa y sin pistola.

– Ya estamos empate, dijo mientras se lanzaba contra el gordo y comenzaba a soltar guantazos.

Yo miraba todo aquello tratando de parecer ajeno aunque la verdad es que me impresionó la forma de repartir de Coromoto. Los de provincias son así. Brutos e intrépidos. Cuando paró volvió a salir y regresó con placa y pistola. Si vuelves a decir una gilipollez te meto un tiro, advirtió.

Mientras, el del tic en la boca no parpadeaba. Ya has visto lo que le ha pasado a tu amigo. Empieza a largar y no pares hasta que yo te avise, le dije usando un tono paternal y falso.

Si hubiéramos apretado un poco más a ese pobrecito podría haber confesado cualquier cosa, pero recordé el asunto del salchichón.

– Venga, al calabozo, porque no me creo nada y me estás poniendo de mala leche, grité agarrando de la oreja al del tic para llevarle hasta la puerta de la celda. El gordo caminó sin rechistar por delante de Coromoto.

Justo antes de salir de la comisaría escuché mi nombre. El jefe me miraba desde la de su despacho por encima de las gafas de ver.

– Anselmo, han encontrado en una piscina municipal el cuerpo de “el filomatic”. Le han cortado las pelotas y se las han metido en la boca. Suponemos que es un ajuste de cuentas o algo parecido. Dejaos caer por allí y haced lo que podáis.

Filomatic. Tenía su gracia ese tipo. Le llamaban así porque decían que nadie manejaba la navaja como él. Y no precisamente para afeitarse. Ahora flotaba en medio de una piscina con la boca llena. Hasta que llegó el juez estuvimos haciendo algunas preguntas aquí y allí, pero nadie sabía nada. O no querían saber. Lo de siempre.

Coromoto se puso a pasear mientras yo ayudaba a sacar a Filomatic del agua. No sabría lo que era una piscina o algo así. Es lo que tiene no pisar un lugar civilizado hasta que eres mayor.

– Nos vamos, Coromoto. Se acabó el día de piscina.

– ¿No te parece que deberíamos buscar alguna prueba?

– No. Ya verás como alguno de sus amigos nos cuenta lo que ha pasado.

Coromoto llevaba una bolsita en la mano. Algo colorado se dejaba ver a través del plástico aunque a mí no me alcanzaba la vista a ver lo que era. Cuando estaba a mi lado, metió la mano y fue sacando cachivaches. Una cuchilla de afeitar manchada de sangre, un papel en el que se leía “Uno menos” manchado de sangre y par de dientes amarillentos que resultaron ser de Filomatic. Con esto es suficiente, dijo Coromoto volviendo a introducir todo en la bolsa. Si algo me molesta de este tipo de gente es la arrogancia con la que hace las cosas. Menos mal que no suelo hacer caso. No merece la pena.

Nos subimos al coche sin decir nada. Antes de salir del recinto municipal llamaron por la radio desde la central. Acababan de encontrar el cuerpo sin vida de un delincuente habitual. Gazapo. Le conocía desde muchos años antes. Se había ganado el sobrenombre porque decían que era capaz de colgar a cualquiera por lo pies y matarle como a un conejo. De un golpe en la nuca con un buen palo. Le conté por encima quien era a Coromoto.

– Pues nada, mientras tú te dedicas a charlar con los colegas buscaré la estaca, la notita manchada de sangre y los dientes que le falten.

– Haz lo que te salga de los huevos. Joder, y yo sin comprar el embutido. Hay que joderse.

No aguanto esa prepotencia de los provincianos. Qué listos se creen los capullos.


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