El extraño caso del asesino veraneante (I)

Cuando entró en la comisaría por primera vez pensé que era un vendedor de libros. Era cuadrado como un armario sin adornos. La cabeza ancha con formas planas y el resto del cuerpo con el aspecto de estar metido en una gran caja de zapatos, sin distinguirse los brazos y las piernas del resto del cuerpo. Sonreía enseñando la dentadura amarillenta. Una mancha negra en el colmillo derecho afeaba la expresión. Alargaba el brazo para apretar la mano del que se ponía delante agachando levemente la cabeza como si se tratase de un movimiento estudiado para hacerlo rentable. Saludaba diciendo su nombre, sin variar el tono de voz al repetirlo, igual que si cantase los números del sorteo de navidad. Coromoto San Benito Yuncler. Cada apretón de manos la misma pregunta. ¿Coro qué? Coromoto. Es un nombre canario o venezolano, no estoy seguro, decía mostrando la caries insistentemente. Le acompañaba un inspector a punto de retirarse al que un par de días después tuvimos que sacar de una chabola destruida por el fuego, negro como un zapato. Fue a por su hijo que andaba metido en asuntos turbios con traficantes de heroína, intentando salvar el poco pellejo que le quedaba. Rociaron a los dos con gasoleo y les prendieron fuego. Siempre digo que las deudas con esos chicos es mejor saldarlas antes de que enciendan el mechero. Los malos son muy malos y los buenos muy gilipollas. Así son las cosas. Llegaron a mi mesa cuando intentaba meter unos papeles dentro de una carpeta demasiado pequeña. Eso y freír huevos me saca de quicio. Se trataba de un informe que tenía que llegar al día siguiente a la prisión de Ciudad Real. Si no lo entregaba a tiempo, un fulano que había desfalcado una empresa de azulejos, no tendría la libertad condicional hasta después del verano. Carpeta, informe y la condicional de un contable listillo fueron a la papelera. Ya tendría tiempo de culpar al sistema de correos, de inventar una excusa increíble o de hacerme el tontito, como hacemos casi todos cuando se ponen las cosas feas. Coromoto miraba igual que hacen las madres con los hijos que suspenden todas las asignaturas salvo la gimnasia; con ese gesto entre suspicaz y severo, pero tranquilizador.

– Es una carta para una amiga de Toledo, pero me ha salido muy mal la letra, dije apretando con el pie los papeles que sobresalían de la papelera metálica.

No vendía libros, claro. Era un nuevo inspector que trasladaban desde Tenerife. Hablaba moviendo las manos a la altura de la cabeza, muy cerca de la cara, dejando que el olor a picante se cayera sobre los objetos.

– Anselmo, este es tu nuevo compañero. Se quedará con nosotros un año. Así que haceros amiguitos pronto, dijo mirando a los lados para ver la cara sonriente de los compañeros.

Siempre me tocaba a mí. Los nuevos, los que llegaban de provincias o los que no sabían distinguir una pistola de una escopeta de caza terminaban siendo una carga con la que me jugaba la vida. En un buen compañero puedes apoyarte, confiar sin problemas. Con la purrela de paletos que me acompañaban era mejor llevar siempre puesto el chaleco antibalas. Se quedó parado frente a mi mesa con las manos en la espalda, mirando los papeles, el cenicero repleto de colillas, sin decir nada, como si estuviera viendo un cuadro de Renoir.

– Siéntate, joder, que pareces el mayordomo asesino, dije desganado.

– Tú tampoco me gustas. Nunca me he fiado de los tipos que llevan un lamparón en la chaqueta, así que si quieres hablamos con el jefe y le decimos que soy alérgico a la mierda, dijo mientras se rascaba el cuello moviendo rápidamente el dedo índice.

Había olvidado la mancha de café en la solapa derecha de la americana. Le fui a contestar, pero sonó el teléfono. Mi madre tiene la curiosa facilidad de llamarme cuando más lo necesito. Un par de meses antes lo hizo justo cuando estaba a punto de ahogar con mis propias manos a un detenido que había violado a una niña de cinco años. Al colgar, me levanté y me puse junto a él.

– Nos queda un año por delante. Intenta no tocarme mucho los huevos. Vamos a por el coche que ya es la hora de cambiar el turno. Ah y recuérdame que compre medio kilo de salchichón para mi madre.

No contestó. Seguía mirando a derecha e izquierda, supongo que tratando de familiarizarse con la comisaría. Los zapatos de goma producían un sonido agudo, parecido al que hacen los aparatos mal engrasados. Llegamos al coche y comenzamos nuestro turno de patrulla. Íbamos despacio, sin hablar. Coromoto seguía mirando a derecha e izquierda, esta vez buscando algo que le llamara la atención. Al pasar frente a un estanco me dijo que frenara. Sacó la pistola.

– ¿Se puede saber que coño haces? pregunté pensando que su enfado era mucho mayor del que pensaba.

– Los dos tipos que están enfrente de la tabaquería están a punto de hacer una faena. No es normal que en pleno mes de agosto lleven puestos los abrigos.

– Espera. Avisa a la central. Voy a ver que pasa, dije reprochándome no haberme fijado en algo así.

Salí y caminé despacio hasta llegar donde estaban los hombres del abrigo. Se apoyaban en el capot de un coche colorado. Uno de ellos debía pesar media tonelada y sudaba a chorros. El otro, mucho más pequeño, hacía un movimiento extraño con la boca. Saqué la placa para enseñarla cuando estaba frente a ellos. Casi al mismo tiempo sacaron sus armas de debajo del abrigo, igual de rápido que alzaban los brazos soltándolas. Coromoto estaba detrás de ellos apuntándoles. Les ordenamos tumbarse para esposarles.

– Muy hábil, Anselmo. Ves a dos tipos con cara de querer matar a lo primero que se encuentren y tú les enseñas la placa para que hagan tiro al blanco. Les podías haber invitado a tu fiesta de cumpleaños, dijo mientras registraba al gordo que sudaba aun más que antes.


Comentarios cerrados.