El final del tiempo

Al igual que podemos recorrer un espacio o revivir un momento parecido a otro, el tiempo no podemos recuperarlo. Ya sé que no descubro nada nuevo. Lo sé. Pero eso y no otra cosa es lo que nos separa de las personas. Lo que provoca el recuerdo, eso que estamos obligados a guardar en caja de plata o en papel de estraza. Lo que queremos conservar con cuidado o destruir con la violencia de la cordura.
El tiempo se acaba mientras desgrana lo que queda de nosotros. Día a día o minuto a minuto. Depende de lo vivos que creemos estar. Y cada pedazo, cada pequeña partícula de un cuerpo que no sabe disimular la pérdida, cae provocando un ruido sordo en nuestra sombra. Una mancha que se alarga cuando tenemos que mirar la vida igual que hacemos con un atardecer, como si fuera un fin del mundo imaginado.
El tiempo se acaba y con él las personas. Olvidados unos, desaparecidos otros, algunos ignorados e, incluso, ignorantes de lo poco que ahora son. Igual que yo mismo para unos y otros, ignorante de lo que soy. Quizás ese sea el gran problema del ser humano. Nunca llegamos a comprender que pintamos muy poco. Para el resto y para nosotros mismos. No queremos asumir que es eso lo que somos. Recuerdos. Nada más.
Leo la novela de Grossman “Vida y destino”. Me he tomado un descanso para escribir estas líneas. Escucho la música de Satie. Suelo recurrir a él cuando necesito reposar las ideas. En la pantalla del ordenador puedo ver una página de la novela que escribo con lentitud. Tan despacio como me permite el rápido paso del tiempo. Un recuerdo fingido.
Uno de los niños se queja. Llueve y las gotas estallan contra los cristales. Lo mismo que la realidad que se abre desde un ruido. Aunque sigo separado por siglos de algunas cosas. De lo que puedo recordar.


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