El guardia civil, el extranjero, el sable y un amante

Hoy, en el aeropuerto de Madrid – Barajas, un guardia civil intentaba explicar a un muchacho australiano (digo australiano, pero podía ser esquimal, es igual) que no podía pasar el control de la aduana llevando consigo un pequeño sable damasquinado. Un recuerdo de su paso por Toledo, supongo. El guardia le hablaba con un tono de voz muy alto. La cosa iba a más. El muchacho no entendía nada y, entre tanto grito, se empezaba a asustar. Es una costumbre muy de aquí, de España y de los españoles que no hablan otro idioma, el no hacer un solo esfuerzo por ser entendidos salvo que no sea a voces. Decimos las cosas despacio, vocalizando exageradamente, pero a gritos. Me he acercado y le dicho al gritón uniformado que me dejara intentarlo. A ese chico estaba a punto de darle un patatús. Le ha entregado el pequeño sable y, durante un ataque de piedad que no suelo tener habitualmente, he acompañado al chaval hasta el mostrador de facturación. Ha sido suficiente mostrarle un trozo de contrachapado con una cara sonriente detrás. Al regresar, el guardia me ha dicho “ya no sabía como decirle las cosas. Algunos no se enteran de nada. Mucho mundo, mucho viaje y no les sirve de nada”. Es decir, le tomaba por imbécil.

Hoy no tocaba viajar. Quería recibir a un buen amigo y compañero de trabajo que llegaba desde El Cairo. He llegado a la hora en punto. El avión no. Dos horas de retraso. Me he sentado a tomar un café en la zona de fumadores, ese pequeño espacio en el que nos tenemos que apretar las personas más perseguidas del mundo actual, y que, curiosamente, está separado del resto del aeropuerto por… nada. Mientras fumaba, muy cerca de una mujer que parecía nerviosa (más tarde descubrí que esperaba a un tipo moreno que le dijo al acercarse “no deberías estar aquí, mi mujer puede que venga a buscarme”), no podía dejar de pensar en el guardia, sus gritos y el pobre australiano -¿noruego?- con cara de congoja. Ciento veinte minutos son muchos, tantos que uno puede dedicarse a pensar tranquilamente. Anoté en mi agenda algunas cosas. Pocas. La que más me interesa es una que dice “el guardia civil se ha comportado como una mala novela. Mucha palabrería para decir poquita cosa”. Realmente lo creo. Los novelistas que intentan explicar todo lo que sucede sin discriminar en absoluto, aportando todo tipo de detalles, remarcando cualquier gesto irrelevante de un personaje, dejando en cada párrafo un aluvión de detalles para describir algo que se diluye entre tanto rasgo, esos novelistas, decía, no entienden lo que significa la literatura. Quizás no se han parado a pensar en lo importante del narrar desde el “no contar” o en la relación que se establece entre lector y texto, por ejemplo. Quizás sólo les interesa contar historietas. Quizás piensan, realmente, que nadie se entera de nada, que no saben como decir las cosas y que esa es la causa de su fracaso como escritores. Ni eso es literatura, ni ellos son escritores.
Algo así le pasaba al guardia civil con el australiano (o polaco, nunca lo sabremos). Decía todo muy clarito, muy clarito y a voces. Pero el muchacho no le entendía. Además, no creo que tuviera un solo pelo de tonto (el extranjero, digo).


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