El hombre oculto

Hubo un tiempo en que mi padre era la persona que me diría la palabra exacta. Hubo un tiempo en el que todo iría bien porque mi padre estaba merodeando constantemente allá donde estuviera. Hubo un tiempo en el que mi padre era un superhéroe, un hombre perfecto, infalible, duro de pelar y dispuesto a cualquier cosa por improbable que fuese.
Pero también lo hubo en el que todo se venía abajo por momentos. Se distanciaba, no entendía nada de lo que yo hacía, vestía con ropa anticuada, aparentaba cierta debilidad ante cosas inexplicables. Yo me hacía mayor; él era, de pronto, viejo.
Era un hombre condenado a no errar ni un milímetro en cada movimiento. Era un hombre que, ahora sé, esclavizaba a otro sin que nadie lo supiera para parecer lo que estaba obligado a ser. Un hombre dentro de otro hombre. Seguramente terminaría confundiendo uno y otro. Nunca se lo pregunté. Tuve que casarme y tener hijos para entender todo aquello. El proceso fue largo. Aún hoy me explico algunas cosas que antes era incapaz de analizar con un mínimo de sensatez.
Tal y como le pasó a él (mis hijos se diferencian en edad casi exactamente lo que yo con mis hermanos), vivo entre adolescentes y niños chicos. Para unos seré casi un héroe, para otros un auténtico gilipollas que no es capaz de entender de la misa la media aunque vaya de moderno. Y empiezo a preguntarme sobre el hombre que esclavizo, sobre esa figura reprimida que aguarda el día en que todo se diluya para poder salir sin complejos. ¿Acaso no tengo derecho a mostrar debilidades? ¿Es que nadie va a comprender que la carga de los hijos es pesada y un padre tiene derecho a flojear? Siempre que pienso sobre este asunto recuerdo un relato de Juan Rulfo titulado No oyes ladras a los perros. La primera vez que lo leí yo no era padre. Vi con claridad la imagen de ese padre cargando con su hijo sobre los hombros, pero no entendí bien lo que se me estaba contando. Hoy sí. Y también entiendo esa vanidad estúpida que todos los padres gastamos cuando queremos dejar huella en nuestros hijos. Preferimos morir como héroes. Aunque para ello tengamos que esclavizar a un hombre al que sólo conocemos nosotros mismos. Pero también entiendo esa vanidad estúpida que gastan los hijos cuando creen superar al que fue el líder del clan.
¿Qué hombre tengo escondido? ¿Cuál fue la renuncia? ¿Y usted?



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