El libro sobre la mesa

Acabo de releer un cuento de Ryunosuhe Akutagawa. Rashomón. El libro sigue sobre la mesa. Tengo la costumbre de mirar el ejemplar mientras pienso en lo que acabo de leer.
Bien. Mal. Bondad. Maldad. Luz. Oscuridad. Esperanza. La nada. Vida. Muerte. Separadas, sin posibilidad de conexión. Una cosa o la otra.
En el mundo del autor no cabe otra posibilidad. O se viaja por los extremos o no existe alternativa para un mínimo movimiento. Porque la zona central del camino, la que inventamos los humanos para poder sobrevivir, sencillamente, ha desaparecido en un mundo dibujado por la autodestrucción.
Una anciana arranca el cabello del cadáver de una mujer muerta. Desea ese pelo para poderlo vender en forma de peluca. Quiere tener una pequeña esperanza. Es la muerte la que se lo permite. No su propia existencia. Esa no vale nada. La vida, el mundo que encontrará fuera, Rashomón, es inaccesible. Extraño.
Un hombre. Desesperado. Ha decidido que esa zona muerta puede dar de sí. No encuentra otro camino. Transita el mismo territorio que la anciana.
El hombre arrebata el cabello robado poco antes (el instante ganado desaparece). La ropa de la anciana abre al hombre una puerta que se cruza en un solo sentido.
Rashomón se dibuja como el reino de hombres y mujeres carentes de futuro. Porque el mal siempre fue la guarida de los que llegan para no regresar jamás.
Un cuento breve, inquietante, demoledor.
Me pregunto: ¿Hasta dónde llegaríamos en caso de necesidad? Y una sola respuesta. La oscuridad espera paciente hasta que llegue nuestro turno.
El libro sigue sobre la mesa. Dejo de mirar. A veces, prefiero evitar algunas cosas.


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