El miedo no es lo mismo que el frío

Cae la lluvia sobre Madrid. Chaparrones de primavera. Los coches circulan con suavidad sobre el asfalto brillante, levantando una pequeña cortina de agua que parece anclada a las ruedas traseras. Se ven como el dibujo de un niño aplicado, casi irreales. Recibo una llamada desde Valencia. Un embarazo es la noticia. La jovencita feliz. Él no tanto. Supongo que asustado. Lo tendrá que masticar despacito. Si no lo hace le va a dar lo mismo. Ella ha decidido seguir adelante. Y hace bien. Cargar con un hijo toda la vida es buena cosa. Arrastrar un marrón sin solución cuesta mucho más. Una segunda llamada desde la misma ciudad. Otro embarazo. Pienso con sorna en el gran apagón. Esta vez todos felices. Ya perdieron un pequeño. Y al abuelo Juan hace muy poco. Me hacen sentir feliz. Arrecia la lluvia. Un chaval corre bajando la cabeza, con la espalda encorvada. Al llegar a un portal mueve los brazos para quitarse de encima algo de agua. Enciendo un cigarro para escuchar el sonido de las gotas golpeando el vidrio. Con calma. A ese muchacho le vendría bien hablar con alguien que tuviera los pies en el suelo, alguien diferente a un amigo al que todo eso del embarazo le parecerá un marrón que no se tiene que comer nadie que no sea ella. Pues claro que es un desastre, chico, pero es que la vida es eso. Haz lo que puedas para que sea algo mejor. Y échale coraje al asunto. Creo que le diría algo así. Supongo que ella (dieciocho años) se ha sentido madre en el mismo momento de enterarse. Es la diferencia. Él no debe saber por donde le llegan los golpes. Y, por supuesto, lo de la paternidad le suena a chino. Alguien puede pensar que a este chico (veinte años) la vida se le puede convertir en una tortura, que no está preparado para tener un bebé. Es posible. Pero tampoco lo está para tomar la decisión de dejar los estudios, ni para comerse droga de diseño. Ni para acostarse con una chica de dieciocho años y dejarla embarazada, coño. Es verdad que el mundo está lleno de parejas fracasadas que tuvieron un hijo siendo jóvenes. Eso es verdad. Pero hay muchas más (fracasadas del mismo modo) que se casaron teniendo trabajos fijos, su primer hijo a los treinta y con la hipoteca a medio pagar. De esas hay más. Muchas más.
Me interrumpe Guzmán. Quiere que le levante del suelo para poder ver la tormenta. Señala con el dedito y dice frío. Lo dice cuando siente miedo. Es el tercero de los hermanos. Nació cuando yo tenía cuarenta, menos ganas de pelear con una criatura, menos fuerzas, menos tiempo para dedicarme a él y a sus hermanos. Y el señala con el dedito diciendo frío cuando quiere decir miedo. Le digo que voy a llamar a un muchacho que está asustado, que le pasa lo mismo que a él, que confunde el miedo con el frío. Guzmán me mira sin entender una sola palabra. Gonzalo que escucha desde el sillón me pregunta. ¿Qué le pasa? Pues que tiene que elegir entre apechugar con un problema o hacerse el muerto y dejar pasar la oportunidad de hacerse mayor. ¿Cómo? ¿Te puedes hacer mayor de un día para otro? pregunta Gonzalo sorprendido. Pues sí hijo. Así es. Uno se hace mayor cuando se le pone la vida difícil. Y eso pasa de un día para otro.


Comentarios cerrados.