El nombre de las cosas

Es curioso cómo el nombre de las cosas afecta al que lo conoce. Una palabra, un puñado de sílabas, puede generar cierta tranquilidad si con ello damos sentido a algo. Si, por el contrario, no sirven el efecto llega a ser perturbador. Lo desconocido se teme, engendra inquietud.
Pienso, al decir esto, en los enfermos. Es más llevadera la dolencia si la podemos llamar de algún modo. El que se muere, el que sufre, quiere, necesita saber la razón, bautizar el dolor o el terror. Alguien se encuentra mal y siente que nombrando el motivo podrá explicarse su estado. La desazón de no limitar la enfermedad con su nombre es grande. Carecer de una agarradera que se pueda decir nos obliga a pensar que el problema somos nosotros mismos.  Eso es algo insoportable para el ser humano. Es mejor morir destrozado por un cáncer que desaparecer del mapa porque sí. Cada cosa, sea su naturaleza la que sea, ha de tener su propio nombre para que nos las podamos contar, para explicarnos qué ocurre con y en nuestro mundo.
Pienso en los que sienten una tristeza profunda y no encuentran algo a lo que achacar un tiempo enrevesado y lleno de espinas. No hay nada peor que sentir el peso de la vida entera sin poder nombrar la razón. Tal vez, la tristeza es ese estado de ánimo que derrumba vidas porque no encuentran el nombre que define el mal. Estar triste es relatarse la vida sin título. Encontrar la palabra significa que el problema se encuentra acotado y fuera de nosotros, que es otra cosa, que no eres tú. La culpa en otra cosa, en otra persona. En occidente tendemos a buscar el problema fuera (lo arrastramos después de creer en ese pecado tan cristiano y tan asentado entre nosotros, soportado hasta por los más alejados de la religión). En el oriente asiático hacen justo lo contrario. Tienen asumido que el inconveniente, por enorme que sea, es cosa de uno, interior y sólo interior. Podría parecer que es cosa de mirar desde otro lado, cosa de despreciar esto o aquello, de valorar más algún aspecto. Aunque me temo que el nombre es lo fundamental. Esa palabra y lo que representa. Esa palabra dibujando el símbolo que todo esconde.
A veces tenemos a mano la palabra deseada, pero la negamos. Y eso es lo mismo o peor que la ignorancia. Un nombre nos lleva de un lado a otro; un nombre nos ayuda a confiar o a sentir un absoluto rechazo. Lo que sea, pero consiente cierta libertad (lo que creemos que es) para adoptar una postura.
La incertidumbre es paralizante, causa terror, motiva crisis personales. Y no queremos afrontar que lo necesario es saber qué somos, qué hacemos metidos en este enorme embrollo; que el resto de la realidad es lo que nos permite explicar eso mismo, la realidad, aunque nunca a nosotros mismos.
Todo se llama yo, todo funciona por yo. Yo colorea, detesta, sufre o hace enormes el resto de palabras. Yo significa todo; yo significa universo.
Hasta que no entendamos esto estaremos condenados a no morir en paz, a no asumir lo mejor de nuestro mundo (nosotros mismos). Porque la peor de las tristezas, tal vez la única y verdadera, es no saber nombrar lo que somos.


Comentarios cerrados.