El pan nuestro de cada día

Dos puntos americanos y pegamento (sí, así lo han llamado los médicos) es el resultado de la caída de Guillermo en el patio del colegio. Eso y una muela rota. De las de verdad. Las de leche ya fueron recogidas y sustituidas por un billete de cinco euros la misma noche que las perdió.
La abuela Sagrario dice que se está resintiendo de su lesión en el cuello. Está de mal humor y algo más pesada de lo que acostumbra. Paracetamol y poco más. Nicasio y Angelines (los otros abuelos) están fastidiados desde hace tiempo. Cada día un poco peor. Y lo malo es que el paracetamol ya no sirve. La cosa es seria en ambos casos.
Guzmán ha discutido con su amigo Víctor. Me dice la cuidadora que le ha mordido en la mano (Guzmán a Víctor) y que llegará con la marca a casa. Una llamada telefónica a los papás para pedir una disculpa que no creo necesaria, pero que siempre está bien.
Gonzalo tiene una mano que parecen dos. Un balonazo ayer durante el entrenamiento. Medicamento para que remita la inflamación y paracetamol. Insiste en jugar mañana. Por mí que haga lo que quiera porque ya es mayorcito.
La única que se libra es Silvia. Cada día está más guapa. Incómoda y algo más torpe para atarse los cordones de los zapatos. Pero eso es todo. Yo no sé cómo estoy. Prefiero no hacerme preguntas. Supongo que bien. Me he levantado a las seis y sigo en pie. Suficiente.Todo esto, dicho así, podría parecer un calvario. Pero no. La rutina, casi siempre, es una buena noticia. Estar rodeado de niños llenos de heridas y de abuelos llenos de achaques es, al fin y al cabo, estar rodeado de algo. Cuando faltan, unos porque quieren construir su propio mundo y los otros porque han agotado este, cuando faltan, digo, es cuando la cosa se pone fea. La rutina desaparece y estas obligado a fabricar una nueva llena de huecos que no sabes como tapar. Aún hoy, cuando ya han pasado seis años desde que murió mi hermano Antonio (que buen chaval) y casi cuatro desde que lo hizo mi padre (otro buen chaval), no sé muy bien como terminar el día sin que me falte algo por hacer. Echo de menos eso que hacía todos los días y que ya no puede ser.Por eso no me hago preguntas sobre cómo estoy, por eso me conformo con levantarme a las seis de la mañana para repartir niños por los colegios, trabajar un número de horas que ponen los pelos de punta, aprovechar la hora de la comida para encontrarme con Silvia y Guzmán, robar tiempo a mi escritura para ayudar durante el rato de cenas y baños, volver a subirme en el coche para llegar a tiempo a la Escuela de Letras y regresar a casa para charlar con mi mujer, leer un rato y escribir alguna página de la novela en la que trabajo y en este blog. He descubierto que la escritura hace de la rutina algo necesario. No pasa un día sin que cargue la estilográfica con la tinta verde para escribir algunas líneas. Rutina, llena de placer, pero rutina.Sigo en pie a pesar de todo. De los vivos y de los muertos. Prefiero tenerlos a todos por aquí para saber qué es lo que tengo que hacer en cada momento. Y estoy deseando conocer a la joven Gimena (con G, como los demás) para tener un poco más claro cual es el papel que he elegido y para que el día a día se llene un poco más de tareas que impiden sentarse frente a un televisor para perder el tiempo. Nada envidiable para el resto de la humanidad, lo sé, pero a mí me gusta y me permite seguir en pie. Sin tomar paracetamol. Entre otras cosas porque no queda. Ya se lo han ido tomando los niños y los abuelos.


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