El paraguas de Louis-Sebastien Lenormand

El 26 de noviembre de 1783 un aeronauta francés llamado Louis-Sebastien Lenormand se lanzó con un paraguas abierto en cada mano desde un primer piso. Quería experimentar. Desconozco si le quedaron huesos sanos para poder seguir tirándose desde alturas superiores. Quizás saltó sobre un carro lleno de heno. Siempre hubo investigadores astutos.Tampoco sé si hoy la NASA ha perdido alguna sonda en el espacio, si algún astrónomo desocupado ha descubierto una nueva galaxia o si una nave de otro planeta ha contactado con un granjero de Arkansas. Ni lo sé, ni me importa.Me interesa más saber que la policía de Nueva York ha pegado cincuenta tiros a un grupo de personas que celebraban la despedida de soltero de uno de ellos (muerto), que todos iban desarmados (los juerguistas, digo), que nadie sabe qué pudo pasar. Más que el salto de Lenormand me llama la atención que en este momento (justo en este momento) un sujeto con la cara desencajada está sacudiendo una paliza a su mujer porque le ha salido mal la paella. Que esa paliza pasará desapercibida para el resto del mundo y ella (la mujer que no cocina paellas como es debido) seguirá acobardada hasta que el mamón de su marido la palme. Si se pierde una sonda cerca de la órbita de Marte me es indiferente. No tanto saber que con lo que se han gastado en jugar a los marcianos podría comer durante más de un año la población de medio continente africano. Pero nada, unos se tiran con un paraguas en la mano y otros fabrican maquinitas que molan un montón. Unos cientos de años de diferencia que se dejan notar en lo cutre de un experimento y lo colosal de los otros. Lo gracioso es que es eso lo que ha cambiado. Los cacharros y poco más. Antes metían a los negros africanos en barcos para vender toda la carga como mano de obra esclava; hoy seguimos consintiendo el trabajo de millones de niños (esclavos, también). Hace unos siglos las batallas se resolvían a golpe de sable o de maza con pinchos metálicos y hoy aprietan un botoncito que hace desaparecer una ciudad entera. Antes cuatro tarados se entretenían con sus locos cacharros intentando volar; actualmente una civilización de tarados subimos en los aviones con una bolsita de plástico en la mano porque un bote de refresco energético puede esconder un arma química.El 26 de noviembre de 1783 vestían peor, los que sabían leer eran pocos y escatimaban su sabiduría para continuar teniendo un poder único, la esperanza de vida era de coña porque el que pasaba de los cuarenta era el más viejo del lugar o casi, había pobres por todas partes que tenían que ceder lo poco que poseían al señor del castillo, a los que pretendían pensar se les liquidaba de forma ostentosa para que otros supieran lo que les esperaba.Igualito, igualito que el 26 de noviembre de 2006. Todo más finolis y con la tecnología por delante. Pero lo mismo. Seguimos a expensas del paraguas de Louis-Sebastien Lenormand para entender que el cambio ha de ser otro, que este camino no mola nada. Ni las sondas de la NASA.


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