El primer día de la semana

Es domingo. Tristeza. Desde hace muchos años, desde niño, un domingo es eso.
Los mayores vestidos de no sé qué para dar un paseo, tomar una cerveza y mirar lo ostentoso del resto. Los jóvenes con dolor de cabeza gracias al alcohol barato. Escuchando música para soportarlo. De bajón, dicen ellos. Los niños intentando pasar el día entre juguetes que les aburren o en el cine viendo películas que parecen ideadas más para estúpidos que para ellos. Tristeza. Y hace frío. Mucho frío. Más tristeza.
Se trata de descansar, de pasar el tiempo haciendo o deshaciendo cosas que quedaron pendientes durante la semana, de leer ese libro que siempre queda pendiente porque ahora no apetece, de ir a la exposición que nunca podemos visitar (hoy tampoco. El niño está enfermo o viene a comer a casa alguien de forma inesperada), de proyectar la semana que llega para que esto no vuelva a suceder. Tristeza. Los domingos son siempre el mismo. No recuerdo uno solo que no se parezca al anterior.
Guzmán Ramírez descansa en su cuna. Escucha “La muerte según San Mateo” de Bach. Es el único de la casa que descansa, que no dejó nada sin hacer durante la semana, que no siente la necesidad de leer un libro atrasado. No acusa tristeza. Duerme. Descansa porque es lo que toca. Y es que le da lo mismo ocho que ochenta. Lo mismo que nos pasó a nosotros el último domingo antes de aprender a ser sociables, a ser uno más del grupo, a escuchar en la radio los partidos de fútbol; ese domingo en el que descubrimos que los dominicales no se editan ese día por ser domingo sino porque un día así necesita de ellos para que la tristeza sea menor. Qué lástima. O qué suerte. Todo depende de si uno se llama Guzmán o Gabriel.


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