El primer libro del año

Nunca he comprendido bien la razón por la que alguien compra un libro, lo deja en la estantería y no lo vuelve a coger nunca jamás. ¿Pereza, compra compulsiva o impulsiva (dependerá de cada caso), falta de tiempo para leer “ese” libro? Supongo que sucede como con los papeles en la oficina: cuanto más tiempo en la mesa mayores posibilidades de ser destruido sin que se resuelva el asunto del que trataba (si el que comete el delito es preguntado por ese documento dirá que no sabe nada, negará su existencia y cosas así). A mí me pasa alguna vez que otra. Y me pasa, alguna vez que otra, que un buen día (sin pensarlo mucho) agarro uno de esos ejemplares destinados a ocupar su plaza en la biblioteca aunque sin derecho a ser leído.
Esta vez le ha tocado el turno a un librito que compré no sé donde, ni recuerdo porqué, ni recuerdo en qué momento. Confesión de un asesino de Joseph Roth. De este mismo autor leí hace ya muchos años otra de sus novelas: La leyenda del Santo Bebedor. Me dejó muy buen sabor de boca. Seguramente por eso le he dado una oportunidad a su criminal. Bastante accesible a cualquier tipo de lector, una trama muy entretenida y elementos técnicos de lo más interesantes (narrador apoyado, elipsis que dejan en el relato momentos inquietantes y dibujan los perfiles de los personajes con rotundidad desde el silencio del narrador o una elección del campo semántico acertada y sin fisuras). Mi ejemplar llega hasta la página doscientos siete. Acabo de cerrar el libro para hacer un descanso (la vista cansada propia de la edad que no perdona) y he dejado el marcapáginas en la número ciento treinta y seis. Comencé su lectura en la mañana de ayer. Es decir, me lo estoy tragando sin rechistar.
No siempre ocurre lo mismo. La mala suerte te hace topar con novelas lamentables, pero esta vez hubo suerte. Lean al señor Roth. Merece la pena.


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