El punto exacto

El río se dibuja como si fuera un latigazo que regresa de golpear. Uno de los meandros hace que el curso se revuelva como queriéndose llevar la contraria. Dos puntos pequeños se mueven en los bordes. Deben ser pescadores que recogen los aperos. Eso quiero imaginar sin fijarme demasiado. Siempre me gustó ver como gastan la paciencia esperando una pieza improbable. Aunque sé que bien podrían ser una pareja de perros peleando por un hueso.
Vemos lo que queremos ver. Creemos tener delante a personas que nos adoran, que nos odian, que son infelices con su pareja, se rinden ante nuestra inteligencia o están a punto de morir. Lo creemos para poder pensar que nuestra verdad es la única, para poder seguir en pie. ¿En qué se convierte un ser humano que se niega a sí mismo? Negar la verdad personal es reconocer una falta de sentido, señalar el punto exacto en el que hay que comenzar la reconstrucción.
Hace más de veinte años ocurrieron algunas cosas que modificaron lo que yo creía que era el mundo. Me arrancaron de raíz algunas verdades fundamentales que siempre había dado por definitivas. Fue algo parecido a quedarse colgado de una cuerda pataleando. Todo se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en dos perros peleando por un hueso. Y el hueso era yo. Aquello sirvió para muchas cosas. Algunas de ellas las olvidas cuando crees que un punto de apoyo te permite soltar esa cuerda para pisar en un lugar seguro. Otras, inevitablemente, te hacen caminar con la prudencia del que sabe llevar la desgracia a cuestas o con la arrogancia del que ha mirado a la muerte de cerca para maldecirla; para, sin respeto alguno, susurrarle que la esperas sin temor. Ven a por mí, bonita, porque me la suda.
Aunque lo importante es reconocer la pequeñez propia. Y la ajena. Lo poco que sirve estar vivo si no tienes el valor suficiente para entender la existencia como un instante que acaba en el mismo lugar en el que comienza. En la idea que tenemos de nosotros mismos. En nuestra verdad. Eso es algo que cuesta mucho trabajo quererlo ver.
La estampa de Toledo es grandiosa. El río Tajo rodea la ciudad con elegancia. Miro, mientras tomo un café solo, desde el lugar más elevado del valle. Entorno los ojos para poder enfocar la vista. Dos pescadores aguardan a que la caña se tense. Apenas puedo distinguir qué hacen. Pero son dos pescadores. De eso estoy seguro. Aprendí hace mucho tiempo a mirar con la atención debida.


4 Respuestas en “El punto exacto”

  • Edda ha escrito:

    Todo eso, lo bueno y lo malo de nuestra vida, nos enriquece. Nos ayuda a ver, primero, y a disfrutar después de ese instante, que sabes que no volverá y que podría ser el último. Después nada. La vida seguirá igual.

  • MERCHE ha escrito:

    El camino que hemos de recorrer está lleno de eso…y con ello vamos aprendiendo, enriqueciendonos… que al fin y al cabo es lo importante!!

  • MERCHE ha escrito:

    Por cierto.. que bonica foto… me encanta Toledo!!

  • Edda ha escrito:

    Yo no conozco Toledo, pero hace tiempo escribiste sobre una leyenda que me gustó tanto que si algún día la visito, buscaré un banco especial y me sentaré en él.