El recuerdo del pianista ciego

Conocí a Tete Montoliu hace muchos años. Fue en el colegio de ciegos de Madrid, el que está en el Paseo de La Habana. Allí trabajó durante muchos años mi padre como profesor de gimnasia. El pluriempleo que se arrima a las familias numerosas le llevó hasta aquel lugar.
Montoliu era un hombre amable y cercano. Se dejó caer por allí para asistir a la clausura del curso académico. Creo recordar. Ahora, después de tanto tiempo, escucho Where are you, un magnífico tema compuesto por Mac Hugh e interpretado por el pianista ciego, y recuerdo cómo me desordenó el pelo a modo de saludo. Ese día presidía el acto el mismísimo Francisco Franco. Solía ir alguna que otra vez para retratarse con los chicos ciegos. Ponía cara de pena, le fotografiaban y salía pitando. Supongo que alguna imagen apareció en el NODO. No lo sé.
Y aquí estoy. Fumando y escuchando su música. Después de tantos años, recordando ese gesto de su mano izquierda buscando la cabeza del chiquillo que era yo, una frase de elogio para mi padre y un señor bajito vestido de militar caminando muy rápido y rodeado de un montón de gente al que no se me tenía que ocurrir acercarme.
El recuerdo es así de curioso, de caprichoso. De algo enorme nos quedamos con un pequeño detalle, nunca con lo que no entra con cierta perfección en la memoria. De otro modo sería imposible poder sentir esa extraña sensación que causa ver, tocar u oler algo o a alguien. Si tuviera que resumir, por ejemplo, cómo ha sido este sábado tendría que recurrir a eso, a pequeños detalles que rodeasen el todo.
La vida de cada cual se resume en cuatro o cinco detalles. Los cuatro o cinco momentos que resumen lo que eres, lo que dejaste de ser y la intención de futuro. Cuatro o cinco. Pocos más. Lo demás lo eliminas por una cuestión de higiene vital. La mochila debe ir cargada con lo estrictamente necesario si no quieres convertirte en un museo decadente de tu propia existencia.
Recordar es saber que la vida ha servido de algo. Tanto si fue agradable como si te hizo sufrir, aquello te dibujó con algo más de nitidez. Y saberlo, poder sentir de nuevo aquello, hace que puedas cerrar los ojos para seguir pensando en los recuerdos que llegarán en el futuro.
Fumar y recordar un pequeño detalle. Y después continuar anotando en la memoria lo que ha de sustituir a lo que se convierte en accesorio. Un día más, quizás un recuerdo menos, los trazos propios mejor dibujados. O borrados para siempre. Nunca se sabe.


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