El reposo de un niño

Acabo de acostar al joven Guzmán Ramírez. Ha estado en brazos de su padre escuchando el comienzo de “Cavallería Rusticana”. Cinco minutos. Suficiente para que pida, él solo, que le tumbe. A dormir antes de comer. Menuda suerte.
Y ahora escucha, escucho, la ópera mientras duerme. Como un ligero rumor. Se mezclan los sonidos (una conversación de Silvia con mi madre, Guillermo hablando del gol que marcó ayer y que hizo ganar a su equipo, Gonzalo contestando con el recuerdo de un par de paradas que sirvieron para pasar a la fase final siendo primeros de grupo, creo escuchar el motor de la lavadora ). Se mezclan los sonidos aunque es Pavarotti interpretando a Turiddu lo que se sostiene en silencio sobre el resto. Sí, se sostiene en silencio, lo he dicho bien. Por eso Guzmán puede dormir, porque la buena música no es ruido, es silencio, sublime. Lo bello siempre será así o eso, como quieran. Y el reposo del niño es el silencio que acomoda el de todo lo demás. El mío.
Reposo que me lleva a recordar asuntos que quedaron callados, sin hacer el mínimo ruido entre los sonidos que cuelgan de las horas. Una canción que no suena, quizás la banda sonora de la película que interpreto (esto de vivir no es otra cosa que eso), pero que me permite ver y escuchar lo que ya no es, ni será jamás. No suena porque la puedo ver y el ruido está de más. Recordar es eso: ver la música de fondo, oler una mirada o poder tocar el olor del río. Sinestesia. Silencio. Todo lo es si queremos disfrutarlo. Y el futuro. Ese sí que se mantiene en silencio, acechando en el extremo del hilo que se tensa desde el pensamiento. Nunca permite que sea como uno espera. Ahí está su belleza. Todo en silencio para un recuerdo. Guzmán dormido. Y su padre mirando. Pensando las canciones inventadas en cada pensamiento.


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