El tiempo pieza a pieza

Guzmán está intentando hacer un puzzle de cincuenta piezas. Al cambio (si hablamos de edad) calculo que es lo mismo que yo intente otro de quinientas. Se esfuerza en encajar piezas que no coinciden. Prueba una y otra vez con la misma cadencia de un robot en una cadena de montaje. Lo intenta, descarta, lo intenta, descarta. Cada pieza que coloca en el lugar correcto es una fiesta. Me llama dando gritos y ambos aplaudimos el logro gritando un bien prolongado, algo histérico.
Gimena se intenta dormir y no puede. Se mueve nerviosa en la cuna. Gonzalo se acerca y le dice alguna cosa para que se calme. Nada. Al pobre le ha tocado interpretar un papel que no le corresponde. El de adulto con doce años (casi trece). Ni lo sabe interpretar ni puede hacerlo sin que deje ver la inmadurez propia de un chico de su edad. Pero se defiende como puede.
Esperamos a Silvia y Guillermo que deben estar intentando salir de algún atasco.
Esta casa se convirtió hace mucho tiempo en campo minado para cualquier momento que acerca a la tranquilidad. El pensamiento se distrae arreglando la mecánica de una vida convertida en ejército de necesidades. Casi nunca tuyas. Esas se dejan para el final del día, cuando ya no soportas nada que no sea una preocupación que aniquila las propias. Las de ellos son las que sobreviven al cansancio. Se convirtió en un pequeño disparate que casi nadie comprende y nadie desea si no es separado por un mar muerto de minutos entre visita y visita. Es al final del día, cuando ya está todo definido, cuando es recuerdo temprano, es al final del día cuando el gusto se declara a favor de una locura en calma, entre la tela de unas sábanas levemente arrugadas por lo liviano de la niñez.
Entre una reflexión y la de más allá que temes no alcanzar, otro aplauso, otra ficha en el hueco exacto, un paseo más del mayor intentando parecer un padre enano, Gimena vestida de rosa también para dormir pataleando nerviosa porque no sabe lo que quiere.
Llega Silvia para compartir los últimos coletazos de otro día construido desde seis formas diferentes de consumir veinticuatro horas que han pasado dejando poco en el debe.
Las luces se van apagando justo antes de abrir los ojos. Para poder vernos. Un cigarro, un par de detalles sobre el trabajo, una copa de vino con sabor a noviazgo. El disparate, mala bestia de disparate que se mueve arrastrando seis vidas. Seis y una sola locura. Algo que nadie quiere cerca salvo el que sabe lo que significa.


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