El último escollo

El viento empujaba con fuerza. Tuvo que hacer un movimiento ridículo para cargar todo el peso del cuerpo sobre la pierna derecha y evitar caer. El viento llegaba desde el norte. El peor de los lugares posibles.

Calculó mentalmente las probabilidades de cruzar aquel escollo. De salir con vida. No más de una entre mil. Quizás alguna más si caía en el agua helada y no se golpeaba con alguna piedra. Aunque si eso ocurriera quedarían secuelas. La caída sería brutal. Cojera, sordera, un brazo arruinado o la mente en blanco hasta morir. Una entre mil. Muy poca cosa.

Pensó en la posibilidad de retroceder, desandar el camino hasta un punto intermedio y buscar una buena excusa cuando le encontraran allí. Pero no, se trataba de un juramento ante Dios. Eso no era posible. Logró sonreír sintiendo que eso era muy suyo, que estaba orgulloso de ello y que nadie se lo podría arrebatar.

El esfuerzo que había realizado para llegar hasta allí era descomunal. Un camino inhóspito, lleno de trampas que había logrado sortear con cierta solvencia. Aunque sentía que dejaba algo atrás cada vez que pasaba por una de ellas. El agotamiento era insoportable. Había perdido gran parte de su equipo. Poco a poco. Apenas quedaban unos metros de cuerda, algo de comida ya rancia y algo menos de un litro de agua. Los anclajes se quedaron sin remedio en otras paredes superadas. Y eso sabía que era lo que más echaría de menos.

Habilidad, valentía, arrojo. Eso era lo mejor que tenía aunque todo era escaso dadas las circunstancias. La suerte desapareció mucho antes. No contaba con ella.

Calculó la altura. No menos de cien metros. Se sentó. Abrió la mochila y sacó una de las tres latas de conservas que quedaban. Comió despacio. Mientras masticaba pensó en ella, en todos los años que habían pasado juntos, en lo bueno, en lo malo de su relación. Movió la mano para sacar la fotografía del bolsillo exterior. No llegó a terminar de hacer el gesto. No quería ver cómo era ella unos años antes.

Se levantó despacio. Avanzó hasta el borde. Las piedras caían desde la puntera de sus botas hasta algún lugar imposible de calcular. Miró buscando algún camino. Imposible, si lo intentaba sería el fin.

Antes de salir de casa miró fijamente sus labios, sus ojos. Ella mantuvo la vista un segundo o dos. Le pareció mentira que sabiendo lo que se jugaba no hiciera un último esfuerzo por besarle.

Cogió lo que quedaba del equipo y anduvo hasta lo que parecía el mejor lugar para intentarlo. Tomar una decisión sabiendo que era la mejor de las peores le pareció incluso gracioso. Bajó el pie con cuidado mientras agarraba unas raíces podridas que sobresalían de la tierra húmeda. Aspiró todo el aire que pudo. Lo juré y lo haré, susurró. El viento soplaba con violencia. Dejó de pensar y movió la mano mecánicamente.

Cuando ella se enteró, tardó unos instantes en dejarse caer de espaldas en el sofá. No creí que fuera capaz de intentarlo, no era necesario hacer algo así. Le preguntaron que, entonces, por qué lo había hecho. Ella contestó tapándose la cara con las dos manos. No le dije nada, no le dije nada.

Poco después aquel escollo se vio reducido a un divertido paso entre las dos orillas. Un embalse había cubierto gran parte de la zona. Ella caminó hasta allí (el día era frío). No pudo saber a qué se expuso. No se lo dije, pensó. Y se maldijo una vez más.


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