El universo en una maleta

Estuvimos ayer en el Teatro Real. Concierto del contrabajista Charlie Haden y su banda Quartet West. Un excelente concierto de jazz aunque algo desangelado. Muchas butacas vacías. Alguien debería contar a los señores del Teatro Real que no todo el mundo puede pagar esos precios aunque los músicos sean de lo mejor del planeta. Y que hay que anunciar las cosas. Hacerlo con ganas de llenar.
Era la primera vez que Silvia y yo íbamos acompañados por mis alumnas María (junto a su novio Jose), Pilar y Monika. Buena gente y llena de ilusión por todo lo que hacen. Desde escribir (no lo hacen nada mal, pero nada mal) a escuchar buen jazz o compartir unas cervezas en una terraza de Madrid.
Como de costumbre, regresamos antes de lo que hubiéramos querido. Fue todo un alivio comprobar que la abuela Sagrario había sobrevivido a los cuatro jovencitos y que todo el mundo dormía tranquilamente al llegar.
Antes de acostarme estuve apuntando (en un papel que seguramente pierda entre hoy y mañana) asuntos que tengo que resolver y que he ido demorando por pereza. Cosas sin mucha importancia, pero que hay que ir solventando guste o no. Es la quinta mudanza que hacemos y la que más cuesta arriba se hace.
Aquí llegamos con dos hijos y unos pocos muebles. Nos vamos con cuatro muchachos dejando casi todo lo viejo y el mundo es otro. Durante estos años he aprendido muchas cosas, he tenido que olvidar muchas de las que sabía o creía saber, los valores que parecían ser los anclajes a la realidad fueron sustituidos por otros. Creo que me convierto, irremediablemente, en un hombre escéptico. Tan sólo alcanzo a creer en mi familia y en que sigo vivo. Quizás en un pequeño grupo de personas que no se han movido ni un centímetro en todos estos años. Aunque son muy pocos, demasiado escasos, y alguno no ha consentido modificar su egoísmo, su resquemor o su envidia, por lo que me hacen creer en eso y no en otra cosa si pienso en ellos.
La experiencia que da la edad, la única que termina sirviendo para sobrevivir, ha ido amasando y dando forma a la vida.
Las fieras acorraladas son mucho más inofensivas a las que se ocultan acechando en el camino. De las primeras esperas una reacción para la que te preparas. Con las otras sólo cabe esperar que la dentellada tenga remedio. Eso forma parte de la vida.
El miedo provoca que unos se arrimen a otros. Unos que estaban en un extremo y los otros que juraron no acercarse jamás a las orillas. El miedo te lleva a esos territorios negados. Eso, también, forma parte del juego.
La rabia de otro sólo puede acabar con tu propio silencio.
Lo bueno recibiendo golpes, aguantando lo imposible. Y cada mañana la reconstrucción que toca. Trabajo de artesano.
Y poco a poco, el mundo se achica, deja de importar lo grueso que suma cada vez más lejos para que el detalle brille y se convierta en guía.
Nos vamos dejando atrás lo viejo, arrastrando con cierta ilusión el futuro de los niños, un futuro que no nos corresponde, pero del que queremos disfrutar como propio; intentamos abandonar lo peor del recuerdo entre muebles que llegaron con nosotros y se quedan para siempre. Al cerrar la puerta sabremos que el mundo, que ahora es otro, habrá que diseñarlo de nuevo. Más pequeño, casi diminuto. Un mundo que costará mucho más que las entradas de ayer aunque mejor publicitado, pensado con ganas. Ese es el único asunto importante que queda por resolver. Y no está anotado en el papel que escribí anoche.


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