El valor de un voto

Llueve en Madrid. Todo sigue su curso. El mundo es ajeno a ese otro que nos hemos inventado y que, cada día, es peor copia del original.
Los carteles que cuelgan de las farolas, los carteles que nos piden votos, que muestran la cara más sonriente de los candidatos, chorrean agua. Brillan con la luz artificial. Aunque siguen enseñando el mismo mensaje. Piden un voto para un desconocido. Porque en eso se ha convertido nuestra democracia, en votar a un tipo al que no conocemos, que posa en la foto porque el jefe de su partido así lo ha querido, alejado de una realidad que nos afecta y que a él le parece cosa de marcianos. ¿De qué sirve votar a un señor que no tiene nada que ver conmigo? ¿Debo entregar mi futuro a un político que dice defender una ideología que, seguramente, no conoce? ¿Sirve de algo todo este circo? Es evidente que, tal y como están las cosas, tal y como nos están llevando a la ruina, ya nada sirve de nada en política. Sin embargo, hay que votar. Muchos millones de personas se han dejado la vida por el camino para que podamos hacerlo. Me resulta obscena la posibilidad de no hacerlo. A un partido, al otro o a Hulk. Todo vale, pero hay que introducir la papeleta en la urna. Y hay que hacerlo pensando en que el futuro es incierto, en que los políticos pueden ser malos o nefastos y que quitarse de encima a uno malo para ponerse a otro peor es una torpeza.
Pienso sobre lo que soy, sobre lo que tengo, sobre el futuro (el mío y el de los que llegan), sobre mi ideología. Y voy a votar. Lo haré pensando en la opción que más enfrente tenga a la banca, pensando en la opción que esté más cerca de la clase trabajadora, intentando huir de votos de castigo o cosas parecidas (¿castigar a un político a costa de castigarse a sí mismo tiene sentido?), procurando sumar mi voto al de muchos más para evitar mayorías que nunca fueron buenas (ni las de unos ni las de otros). Quiero que mi voto sirva de algo. Por ejemplo, quiero no traicionar mi forma de pensar. Por ejemplo, quiero sentirme feliz habiendo votado en lo que siempre he creído que no es otra cosa que la libertad y un posible mundo mejor por ser más justo. Es verdad que hoy en día esto es jugar al mal menor. Pues trabajemos para que eso cambie, pero sin renunciar a nosotros mismos, o lo que es lo mismo, sin renunciar a nuestra forma de concebir un mundo.
Yo no me voy a avergonzar después de hacerlo. Es una de las pocas cosas que puedo hacer sin tener en cuenta el entorno. Es un momento mágico en el que me siento aislado. Sí me sentiría avergonzado si modificase mi postura obligado por los medios o por una situación económica de la que tendremos que escapar como podamos, pero no tendré que hacerlo si mantengo las ideas claras en la cabeza.
Llueve en Madrid. Todo sigue su curso. El mundo es ajeno a ese otro que nos hemos inventado y que, cada día, es peor copia del original. Me niego a convertirme en una caricatura de mí mismo. Cueste lo que cueste.


2 Respuestas en “El valor de un voto”

  • Edda ha escrito:

    Tenemos la mala costumbre de darle poco valor a ese voto. De pensar que si no voto no pasará nada. Total van a ganar los de siempre. Tremendo error. Porque si sólo lo piensa uno, vale. Pero ¿Y si lo piensan miles? Entonces, sí, esos miles de no votos harán que ganen los de siempre. Y una vez más estaremos igual.

  • rosa mieres ha escrito:

    Me lo llevo Gabriel, gracias.