En busca del mejor de los disfraces

Tengo una imagen grabada de mi padre que va y viene sin cesar. Subía la cuesta de casa vestido de uniforme, polvo y barro en las botas, mal afeitado, las mangas de la camisa recogidas por encima del hombro, gafas oscuras. Regresaba de hacer unas maniobras. Creo que por aquel entonces era capitán. Yo era muy niño, él era muy joven. Impresionaba verle. Se acercó hasta donde estaba jugando con mi hermano pequeño. Chapas. Vuelta ciclista a España en una carretera trazada sobre la arena con curvas imposibles (o se pasaban con pequeños golpes de dedo o con lo que llamábamos redondilla) y puertos de primera y segunda categoría. Las caras de los ciclistas en cada chapa recortadas de los cromos que cambiábamos en el colegio. Nos saludó y se fijó en la carrera. ¿Ésta de quién es? preguntó señalando una pieza de la carrera con la cara de Federico Bahamontes pegada con plastilina al metal. Mía, dije. Pues este no puede ser el último. Fue el mejor. Se agachó, agarró la chapa con los dedos pulgar, índice y corazón. El índice en la parte interior, los otros dos en los bordes. Con fuerza. La lanzó intentando una redondilla improbable. Primera posición para Bahamontes. Ahora os veo en casa, nos dijo. Tanto mi hermano Andrés como yo no creíamos lo que había pasado. Papá, con su uniforme de campaña, un militar imponente, era capaz de jugar con los niños en la calle y, encima, dar una lección de cómo se debía manejar una chapa. El resto de padres que pasaban por allí saludaban desde la distancia, pasaban de largo sonriendo. Estoy seguro de que algún muchacho se quedó con las ganas de ver a su padre lanzar al ciclista favorito para que girase en la curva más cerrada o subiendo ese puerto de montaña que sólo se podía pasar haciendo alguna trampa. Supe, lo supe en el mismo momento que mi padre me daba la espalda para irse, que ese aspecto de dureza era lo que permitía a mi padre cobrar un sueldo a final de mes, pero que sus dedos deseaban mucho más agarrar chapas y dejar boquiabiertos a sus hijos. Y lo supe porque justo antes de dar la vuelta y caminar, mi padre esbozó una sonrisa que ahora recuerdo perfectamente: la de un niño vestido de militar.
Han pasado muchos años. Quizás treinta y cinco. Quizás alguno más. Y recuerdo ese momento, esa imagen, con una nitidez que me produce cierto vértigo. Casi puedo tocarle.
Acaba de acercarse mi hijo Gonzalo. Adolescente, grande como una torre. Quería saber qué hacía. Escribo. Llevas un cuarto de hora mirando la pantalla sin tocar una tecla. Es que para escribir hay que pararse a pensar. Echa un vistazo a la pantalla y asiente. ¿Pensando en el abuelo? No, pensando en mí mismo. Me mira diciendo que no con la cabeza y alzando las cejas antes de acabar el gesto, incrédulo y socarrón. Pues venga, sigue pensando en ti un ratito más y así escribes sobre el abuelo.
Un niño vestido de militar. Mi padre. Una carretera dibujada en la arena. Yo niño. Una imagen que va y viene sin cesar. Deseos viejos por cumplir ahora que ya no está, que yo tampoco soy aquel muchacho, ahora que los papeles han cambiado. Un minuto que ocupa una infancia entera. Gonzalo, un adolescente insensato, intenta descubrir sin entender que ya sabe. Lo insignificante que crece hasta ocupar el espacio que le corresponde. Un mundo. En busca del mejor de los disfraces. Si quisiera podría tocarle. Pero el vértigo no deja.


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