En defensa de lo mío

Defender la continuidad de las corridas de toros, que forman parte de la cultura nacional o no, que es un arte inigualable o que mantienen a un buen número de familias y empresas y, por ello, son necesarias; parece misión imposible. Cualquier discurso que se arme desde lo que parezca una buena razón para defender las corridas de toros termina haciendo aguas. Eso es lo cierto.
Durante muchos años (muchísimos) no falté a una sola corrida que se celebrara en la plaza de toros del Espíritu Santo de Madrid. Incluso viajé con cierta regularidad para asistir a los festejos que me interesaban y se celebraban en otras localidades. Me documenté sobre la liturgia de las corridas; leí ensayos, poesía y novelas que trataban el asunto; asistí a tertulias taurinas, escuché a los que sabían (qué buenas tardes pasé con aquellos abuelos en la andanada del 9 que lo sabían todo y que no dudaban en ofrecerme mil y una historias siempre interesantes, mil y un detalles que no podría pasar por alto ya nunca más), me empapé en el tendido 7 esperando ver la faena de mi torero preferido, acudí al campo para conocer al animal en su hábitat natural. Hice todo lo posible para entender lo que veía, lo que sentía, las razones por las que estaba sentado sobre un escalón de granito para ver salir por la puerta de chiqueros a un animal dispuesto a todo, las razones que llevan a un hombre a jugarse la vida de esa forma tan asombrosa. Afición no me faltaba desde mucho antes. Fue más fácil de lo que pueda parecer. Desgraciadamente, por el camino fue inevitable aprender que hay una zona sucia, muy asquerosa en todo este tinglado. No crean que se queda la cosa en anecdótica. No. Es grave y muy feo. Aunque eso es harina de otro costal. Mi afición se empañó a base de descubrir la mierda debajo de la alfombra. Fue eso lo que me separó del mundo del toro. Hace muchos años que no piso un tendido y creo que será difícil que lo vuelva a hacer.
¿Significa esto que dejaron de gustarme los toros, que perdí mi afición, que reniego de lo que representan o que los prohibiría? Ni mucho menos. Precisamente, por el amor que siento por el toro bravo y por la lidia me eché aun lado. No quería participar de los atropellos que conocí de primera mano. Y, a decir verdad, no me gustaba ver como un ejército de papanatas llegaba a las plaza para convertir aquello en un circo. Ni entiendo las prohibiciones ni esas actitudes tan progres que utilizan al toro para pintar la mona. Conozco a más de uno que cree ser más intelectual acudiendo a las plazas. Más bobo no se puede ser.
No puedo olvidar el olor de la plaza esos días que presentía que iba a ocurrir algo grande en el ruedo. Los colores en los tendidos, los mantones engalanando las barreras y las barandillas de gradas y andanadas. El sabor del anís seco antes de ir hasta mi localidad (no he vuelto a beber una sola gota desde entonces). Nada puede compararse a la liturgia de una corrida de toros. Desde el paseillo al arrastre todo significa, todo tiene un peso exacto en el conjunto. En ningún otro lugar del mundo puede nadie escuchar comentarios más divertidos durante la faena. Nadie puede saber lo que representa la imagen de un hombre frente a una fiera si no está en la plaza de toros. Un pase natural, los pelos de punta. El toro embistiendo contra el caballo, mostrando su bravura, su bravuconería o su mansedumbre. Hombre y fiera jugándose la posibilidad de acabar con el otro. Cientos de recuerdos, cientos de imágenes inolvidables que me emocionaron, cientos de tardes al sol disfrutando de lo que más me ha gustado jamás junto a escribir.
Si trato de defender todo esto desde otro territorio lejano a lo emocional fracasaré. Lo sé. Desde el yo defiendo mis propias sensaciones, mis recuerdos. Y eso es incontestable porque es cosa mía.
Tal vez deberíamos plantearnos la continuidad de las corridas de toros porque se han convertido en un negocio que rebosa intereses que nada tienen que ver con el arte de torear. Puede ser. Pero sólo por eso. El resto es todo muy relativo. Tanto lo que argumentan unos como lo que dicen los otros. Lo único que no se puede discutir es lo que siento. Me prohibí acudir a una plaza nunca más. Me tengo prohibido olvidar ni una de las sensaciones que aún puedo sentir como nuevas. Y esto es lo que hay. Cualquier otra cosa me suena a chino.


2 Respuestas en “En defensa de lo mío”

  • Edda ha escrito:

    Para entender lo que tú defiendes aquí, hay que vivirlo. Yo no tengo ni una mínima parte de tu experiencia en este tema. Pero de niña me enseñaron que el toreo era arte. Lo que describes, sí lo he sentido en la plaza y en el campo, y lo sigo viendo en los ojos de mi madre. Yo no tengo su afición, pero hay algo que aprendí y que todavía siento: El respeto y la admiración hacia el torero y hacia el toro bravo, a partes iguales.

  • Adriana Menendez ha escrito:

    yo tampoco puedo explicar racionalmente lo que siento en una plaza, mucho menos siendo argentina. tuve la oportunidad de vivir un año en madrid y decidí un día ir a ver una corrida como si fuera un espectáculo más. “vamos, que si estoy acá tengo que ir al prado, al reina sofía, al thyssen y a los toros”. lo único que sé es que, desde el preciso instante en que empezó el paseíllo no pude sacar los ojos de lo que estaba viviendo. y volví más de una vez, y cada vez que puedo. y todavía, tal vez justamente por estar lejos, no me ha llegado el desencanto. un abrazo.