En el bote

Llueve. El agua cae despacio, sin violencia alguna. Conduce despacio. Desde el semáforo en el que ha tenido que detenerse puede verla. Bajo el paraguas. Arranca de nuevo. Cuando está a su altura baja la ventanilla.
– ¿Te llevo?
– No, preferiría tener que aguantar el diluvio universal.
Eleva el volumen. Baja del coche. En mangas de camisa. Los conductores que esperan comienzan a impacientarse. Alguno hace sonar el claxon.
– Entonces tendremos que bailar, amor.
– Si me pones la mano encima será lo último que hagas.
Agarra el paraguas y tira hasta que ella lo suelta. ¿Puede sujetarlo un momento, señora? Pues claro, hijo. Los hombros empapados, las gotas corriendo por la frente. El brazo izquierdo por la espalda. A media altura. Con la mano puede tocar el cuello de su gabardina. La mano izquierda coge la derecha de ella quedando entre los dos. Bailan. Ella se mantiene seria.
– Ya nos veremos, dice él justo antes de entrar en el coche.
Dos o tres mujeres salen del suyo, algún hombre también. Le gritan que cómo se le ocurre, que no sea tonta. La mujer que sujeta el paraguas espera con la boca entreabierta, los ojos muy abiertos. Con un movimiento rápido cierra el paraguas. Ella se mantiene erguida, el pelo mojado se le pega al rostro, las manos en las caderas.
Arranca. Le dice adiós con la mano derecha y acelera.
– Pero hija, ¿por qué no te has ido con él?
– Ahora es cuando ya le tengo en el bote. Gracias, señora.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


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