Ese, ese

Uno de los problemas de escribir es que te puedes encontrar rodeado de un puñado de aludidos a las primeras de cambio. Incómodos, tercos y, a veces, descerebrados. Editas una novela y, cuando menos lo esperas, un familiar o amigo o enemigo o conocido o lector estúpido, se ve reflejado en lo que narras. Lo más espabilados creen ser el personaje más amable, el más listo. Los más idiotas se piden (como lo hace un crío enfadado) la puta, el asesino, el hombre sin escrúpulos o un secundario que aparece por la narración con fines literarios exclusivamente, que no pinta nada más, pero que, curiosamente y sin intención previa, sirve para que alguien crea que al escribir estabas pensando en él. El mundo se te llena de aludidos. Unos que se aman, otros que, por lo que se ve, se quieren bastante poco. Porque hay que odiarse para pedirse la puta o el malo de la trama. Sin embargo, siempre termino pensando que sus razones tendrán. Si alguien, cuando te refieres a una miseria humana, percibe cierto parecido con lo que cuenta el relato y él mismo es que tiene un problema.He pensado en añadir en la contraportada de mi próxima novela un teléfono de aludidos. De esos que te hacen charlar con una máquina espantosa.
– Está usted hablando con el teléfono de aludidos de G. Cuando oiga el personaje con el que se identifica diga, alto y claro, “Ese, ese”. El carnicero violador. El policía deprimido. La chica guapa, reguapa. El padre de la criatura.
– Ese, ese.
– Es usted igual que el padre de la criatura. Ahora, exprese de forma concisa si le mola parecerse a él o si le ha resultado insuficiente.
– Yo nunca hubiera hecho algo así. Esta novela es una mierda.
– Está usted en desacuerdo con el padre de la criatura. ¿Desea parecerse a otro de los personajes?
– Sí, al carnicero hasta que se convierte en una mala persona.
– Gracias por su llamada. Le informamos de que en la siguiente novela se podrá usted identificar con un carnicero bondadoso.
Me temo que resulta peligroso ese tipo de lecturas. Al fin y al cabo todo es ficción. Habrá alguno que se esté tomando todo esto en serio y piense en qué dirá cuando llegue el momento de marcar el teléfono de aludidos. Será el mismo que, una y otra vez, cree a pies juntillas que lo que se dice en una novela o este blog se ajusta a la estricta realidad. Pues lamento informar al lector idiota que la cosa no es lo que parece. Aunque no descarto perfeccionar la idea y ponerme manos a la obra con ella. No lo descarto.


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