Espiral (Un pequeño relato)

Apoyé la espalda en la pared encogiendo las piernas al mismo tiempo. A los pies de la cama, ella seguía mirándome. Más tarde me dijo que no había dejado de hacerlo desde que despertó media hora antes. Parpadeé tratando de desperezar la mirada.
-Ven aquí, anda. Tengo algo de frío, le dije al mismo tiempo que bostezaba.
– Lo hago por pena, que conste.
Me abrazó y tiró de mí para que me tumbara a su izquierda tapándome con la colcha. Hasta que me levanté no paró de colocarme el pelo, de acariciarme el rostro, de soplar ligeramente para que no volviera a quedarme dormido.
– Te tengo en el bote, muchacho. Así que ahora vas a hacer lo que te diga. Afeitarse, ducha, dientes y ponerse la ropa que he dejado en el baño. He vuelto a elegir la única camisa que trajiste. Contigo es muy fácil. Por ese orden, caballero. Y date prisa si quieres llegar a tiempo.
– A la orden, mi amor.
Mientras esperaba a que saliera escribió la nota. La encontré justo en la página que tocaba leer. Antes de cerrarse las puertas del vagón pude saltar al andén. Cerré el libro, miré a una mujer que parecía extrañada y le dije que estaba enamorado y jodido, que ese tren llevaba a un lugar equivocado. La mujer se encogió de hombros.
Entré sin querer hacer ruido, moviendo la llave con suavidad. Ella estaba sentada en el centro de la cama, con las piernas cruzadas, sonriendo. Y entre las manos ese viejo ejemplar de su novela preferida.
– Ahora que estás aquí me temo que ya no hay vuelta atrás, ¿lo sabes?
La misma frase. Parecía que iba y venía por la habitación dibujando una tela de araña, trazando líneas que se buscaban para hacer fuerte una trama que detenía el movimiento de ambos. El tiempo. Pasó la primera vez y volvía a suceder ahora. Nos mirábamos en silencio sabiendo que la contestación estaba de más. Cualquier palabra se hubiera convertido en la caricatura de un significado rebuscado e innecesario.
Abrió el libro. Pasó con cuidado dos o tres páginas y respiró con calma antes de leer. “El amor es el único anclaje que nos queda para poder sobrevivir.” Continuó mirando el libro sin hacer un gesto, intentando ocultar un ligero temblor que, supongo, no quería permitirse. La cabeza ligeramente inclinada, la mano detenida sobre el papel que había acariciado poco antes, la espalda rígida.
Me quité la chaqueta y los zapatos. Me senté en el suelo, junto a la pequeña maleta, a esperar.
– Te amo. Tanto que no sé como pensarlo. Y te veo sufrir. Y yo no puedo sufrir por quererte. No. No quiero fingir más.
– No sufro. Ya te lo he dicho muchas veces.
(Me estoy muriendo de pena, mi amor.)
– ¿Acaso hay salida?
– Pues claro que la hay. Ten paciencia. ¿Olvidas que te amo? Venga, no seas tonta. ¿A qué viene todo esto?
(Tengo que dinamitar mi mundo. Dame un poco más de tiempo, deja que supere el vértigo. Por favor.)
Fue en ese momento cuando se tumbó. Me dijo que no resistía ver cómo salía por la puerta para ir a un lugar que ni siquiera podía llegar a imaginar, que no conocería nunca; que se sentía egoísta por hacerme regresar sabiendo que la factura era disparatada para mí aunque no era capaz de evitarlo. Se sentía feliz con la misma cosa que provocaba una arcada.
Me levanté, recogí mis cosas y me acerqué para besarla.
– Prefiero sentir como me soplas despacio para que no me duerma. Esto es injusto. Y bien lo sabes.
Salí cerrando con cuidado.
Al llegar a casa no tuve ganas de dar explicaciones sobre mi viaje. Tan sólo conté un par de detalles sobre el vuelo. Y que la semana siguiente tocaba volver.
Apoyé la espalda en la pared encogiendo las piernas al mismo tiempo. A los pies de la cama, ella seguía mirándome…


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