Explosiones

Es curioso cómo funciona el pensamiento. Parece anclado a unas cuantas cosillas de nada y, de buenas a primeras, te lleva hasta lugares lejanos o tiempos que parecían olvidados mucho antes. Un detalle, un gesto de otro, la noticia en un periódico que no te interesa. Cualquier cosa hace las veces de detonador. Una explosión que arrasa con lo que está y deja espacio a lo inesperado, lo improbable y, a veces, a lo que parecía imposible.
¿Existe explicación a que, sin venir a cuento, te venga a la cabeza el nombre de alguien que ya no tiene rostro? ¿Por qué eso y no otra cosa se planta delante retándote a sabe Dios qué cosa?
Ya hace muchos años tuve que, como todo el mundo, lanzarme al agua de cabeza. Siendo niño eso se hace y punto. Lo ves, lo quieres imitar y lo haces. Los más mayores procuran que lo vayas consiguiendo mejor. Y aquí se acaba la historia. Esto no sería importante si no fuera porque cuando lo intenté por primera vez tuve que demorar mi lanzamiento unos instantes. Alguien pasaba nadando a mi altura. Se llamaba Enrique y era enano. No he vuelto a saber de él desde hace treinta años, cuando ya sabía lazarme a la piscina de cabeza o como tocase dependiendo del número de chicas que mirasen. Enrique era mucho mayor que yo. Era adulto y mantenía cierto grado de amistad con mi padre. Nadaba con un solo brazo. Y tenía dos. No me pregunten la razón, pero nadaba con un solo brazo a estilo crol. Tenía el pelo muy largo y, en aquellos años, eso era lo mismo que ser hippie. Era muy, muy, agradable conmigo. Tal vez sea uno de los tipos que me ha parecido más feliz de los que haya conocido. Al menos esa es la idea que me quedó. Enrique. ¿Qué habrá sido de él? En una ocasión se sentó con nosotros para tomar el aperitivo y habló con mi padre durante un buen rato. Lógicamente, no recuerdo la conversación- Pero sí algo que dijo. La faena de ser enano es que no puedes mirar a nadie por encima del hombro. Enrique y mi padre se rieron. Me gustaba mucho verlos reír. Mi padre nunca lo hacía por compromiso y Enrique lo hacía de forma muy escandalosa. Daba gusto verlos.
Hoy me he parado a saludar a un vecino del barrio. Me ha contado todo tipo de penas, de miserias, de problemas. Este no es enano. Ni una sonrisa, ni un gesto de desprecio ante lo que le pasa. Nada. Y el pensamiento corriendo a tiempos que no soy capaz de ubicar con exactitud; hasta la imagen de mi primer salto al agua de cabeza, esperando a que Enrique pasara de largo; hasta la risa sincera de mi padre.
Es curioso comprobar cómo funciona el pensamiento. Y comprobar que la realidad está repleta de detonadores que te hacen saltar por los aires en cuanto te descuidas.
Sería estupendo que usted, leyendo este texto, hubiese notado una explosión y que la onda expansiva le hubiese arrastrado hasta quién sabe donde. Hasta un lugar inesperado, improbable o, tal vez, imposible. En ese en el que nos encontramos todos antes o después.


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