Extraño

El desayuno de hoy ha sido magnífico. Junto con Eduardo he dilatado todo lo posible el tiempo. Un té cargado, la tostada con aceite de oliva, otro té, algo de agua. Fumando y charlando, diseñando un mundo novelesco, divertido, disparatado. Eduardo comienza su jornada algo más tarde, pero madruga sin tener que hacerlo para pensar.

– ¿Por qué no piensa mientras lustra o esperando a que se siente un cliente?

– Imposible. Me gusta ver pasar a las chicas. Imagino que me he casado con una u otra, la vida que hubiera tenido siendo una persona normal y corriente.

– ¿No lo es?

– Lo intenté una vez y lo único que conseguí fue pasar dos años en la legión. Desde aquello no he vuelto a estar sujeto a un horario, ni he pisado un banco para ingresar un céntimo, ni comulgo, ni nada de nada. No sé gran cosa de mi familia. Quizás ya estén todos muertos. Y aquí me tiene tomando café con alguien al que apenas conozco e intentando arreglar el mundo a base de inventarlo. No soy normal, no. Ni usted.

– Creía serlo. No me asuste.

– Témase lo peor.

Un tipo insiste al camarero preguntando, una y otra vez, cómo está la máquina tragaperras. Antonio (así se llama el barman) le dice que funciona y que si funciona es que está bien. El cliente refunfuña y pide cambio de cincuenta euros. Eduardo que entiende de estas cosas me dice que es un lila. Afirma que esa máquina soltó ayer todo lo que tenía que soltar. Nadie deja una máquina cargada para que trinque la tela otro al día siguiente. Eso lo sabe Antonio, pero a este tontaina no se lo va a decir, claro. Mientras Eduardo habla el sujeto vuelve a pedir cambio. Cincuenta más. Ve, don Gabriel, ese tío parece normal. En su casa piensan que ahora está trabajando, que dobla el espinazo como el que más. Y ya lo ve. Un pardillo que gasta lo que no gana en una semana intentando ser el más afortunado de Madrid a las siete y media de la mañana. Cuando llegue a casa contará a su señora que el trabajo es una mierda y el sueldo no da para nada. La mujer dará la razón a su querido marido y correrá a contar en la carnicería lo difícil que es sobrevivir en una ciudad como Madrid. (Otros cincuenta euros). Debería estar prohibido que los listos de verdad ganasen a costa de este ejército de primaveras. Eduardo pide una copa de anís. Pregunta si quiero acompañar aunque no espera mi contestación. Ya sabe que no bebo. Lo normal es lo que nos enseñan en la televisión. Hay que ser guapo, acomodado, servil con los políticos, ahorrador, vestir de forma elegante. Estoy a un millón de kilómetros de ser normalito. Y el de la máquina cree serlo, lo grita cuando puede para que lo demás traguen, pero no lo es. Es tan anormal como lo puedo ser yo. No es tan distinto ser un limpiabotas o ser un gastador de ciento cincuenta euros sin venir a cuento. La única diferencia es que a mí me miran cuando curro y a este no le hace caso ni Dios. El jugador pide cincuenta euros más. Esta vez quiere que le fíen. Ni hablar del peluquín, dice Antonio. El hombre vuelve a refunfuñar y pide la cuenta. Ha calculado mal gastando incluso lo que tenía para pagar el desayuno. Eduardo se levanta y le paga el café. Sólo se gana a esto si eres el dueño del bar. O chino. Esos saben lo que hacen. Vaya usted con Dios, amigo.

– Eduardo, la rareza de todo esto es que usted le pague el café a ese hombre.

– Qué va. Estábamos inventando el mundo y nos ha interrumpido. Me estaba poniendo de mala leche. ¿Dónde estábamos? Espere que le limpio los zapatos. Gratis. Como le vea alguien así mi reputación va a caer en picado.

Supongo que le estaría poniendo de mala leche por algo.

Y de camino a la oficina me he preguntado algunas cosas. Lo normal en estos casos.


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