Falsas apariencias

Un buen amigo, Paco, me recomienda libros cada dos por tres. Yo a él también. Y, en ambas direcciones, las sugerencias tienen una característica en común: a menudo no hay quien las encuentre por estar agotadas hace un siglo en las editoriales. Tenemos que buscar alternativas para poder echar un vistazo a esas obras de las que contamos maravillas. Lo más práctico sería prestarnos el ejemplar que tocara, pero nos vemos poco y eso retrasa la lectura. Paco ha encontrado la fórmula que nos permite acceder a los libros con rapidez. Ya sé que no descubro nada cuando les digo que esa solución está disponible en internet. Todo se puede encontrar convertido en ceros y unos. Sin embargo, para mí sí que es un hallazgo. Suelo comprar libros, evitando así préstamos que me hurtan con el tiempo la obra de la estantería al devolverlos, y los discos originales, nunca copias que hay que escuchar en plena Gran Vía antes de pagar por si aquello no funciona. Además, tengo prohibido a mis hijos bajar música o vídeos a través de los programas de descarga (lo hacen a escondidas, supongo).

No crean que es una actitud romántica o que pienso en los ingresos de los artistas porque soy consciente de que estos seguirán siendo millonarios (los que lo son) y que el romanticismo tiene mucho de absurdo. Ni pienso en mí como autor (una fotocopia suelta por el mundo de alguna página de mis libros es algo remoto, casi impensable). Sí me preocupan los empleados de las multinacionales. Despiden a cientos de ellos cada año para poder seguir ganando una millonada y para que los artistas sigan teniendo unas mansiones de impresión. Cobrando –las multinacionales- por un disco un precio razonable, y no una cifra prohibitiva para muchos jóvenes, otro gallo cantaría. Venderían muchos miles de copias más, los beneficios serían parecidos y no pagarían el pato los de siempre. Pienso en los pequeños editores para los que editar un libro es una aventura, vender más de cien ejemplares un tormento y sacar adelante su negocio otro (tormento).

Hoy nos hemos recomendado Cyteen (Paco a mí) y Flores para Algernon (al revés). Ya tengo la trilogía en formato digital. Debe ser que Paco se apaña bien en la red. He podido leer las primeras quince páginas del primer volumen y la cosa tiene una pinta estupenda.

Poder leer libros que no he sido capaz de encontrar ni en bibliotecas ni en librerías es un placer como otro cualquiera. Aunque lo proporcione internet. Aunque tengo decidido comprar un ejemplar el día que alguien decida volver a publicar estas obras. Releer cualquiera de las recomendaciones de Paco convertidas, de nuevo, en un libro, será un placer no como otro cualquiera sino ese que produce tener en las manos un buen libro. Y no tanto cero y tanto uno que quieren dar el pego y parecer una novela.


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