Falsos amores, falsas sonrisas y el beso de Judas

Mis defectos son muchos e importantes. Soberbia, prepotencia, ira. No voy a seguir porque cuando me pongo a hacer inventario me caigo fatal. Mis virtudes son pocas. Muchas menos de las que me gustaría tener. En realidad, creo que no tengo ni una. Sin embargo, la gracia de ser como soy estriba en que soy consciente de mis carencias. Es más, a veces hago gala de ellas, presumo de ser mucho más lo que sea de lo que soy. Debe ser que me divierte pensar que otros piensan de mí cosas horribles. Tal vez lo hago para lavar la conciencia propia porque yo, también, pienso que muchos de los que me rodean son más tontos que pichote. Quizás lo que trato de hacer es tomarme las cosas con cierto humor. Me parece que la vida es un auténtico coñazo cuando todo es paz, amor y un festival continuo de luz y de color. En realidad, no sé porqué lo hago y, la verdad, me importa poco.
No entiendo muy bien ese empeño tan generalizado de llenar las cosas de nubes de algodón dulce, de besos histéricos o de cariños pegajosos. Será que el que lo reparte busca a cambio algo parecido y no termino de ver la rentabilidad. Pero eso de cambiar lo dejé de hacer cuando terminé mi última colección de cromos y no estoy por la labor. Para qué nos vamos a engañar.
Me fío más de los que si tienen que sacudirte un trallazo te lo sacuden, de los que no juegan a el mundo es maravilloso, de los que cuando se enfadan prefieren estar solos evitando daños colaterales. Tanto amor y tanta monserga me inquietan, tanto somos felices me parece falso como el beso de Judas (por cierto, ese beso tan poco aplaudido quizás no fuera tan falso. Igual Judas quería mucho más que algunos de los que estaban por allí. De hecho, terminó colgado del cuello y los demás comiendo por la cara contando las aventuras del jefe).
En fin, que preferiría que los políticos comenzaran sus discursos diciendo que nuestro futuro está en sus manos y que nos van a dar leches hasta en el paladar; que los curas comenzaran sus homilías advirtiendo que lo suyo es enseñar a desperdiciar una vida gracias al miedo a pecar y esas cosas; que los amigos gorrones pidieran avisando de su falta de liquidez y del carácter de fondo perdido que toma la invitación o donativo; me encantaría que los malos avisasen de sus intenciones. Imaginen a Rajoy diciendo: Españoles, me han votado unos pocos y ahora hago lo que me sale de los cojones. Eso les pasa por gilipollas. O al rey de España frente a una cámara de televisión para decir: Qué coño voy a estar arrepentido de cazar elefantes. Me la trae floja lo que penséis de mí. ¿Se imaginan el placer que debe producir soltarle al vecino del quinto lo mucho que le incomoda su aliento y que él contestara con un corte de mangas? ¿Y decirle a un profesor que es un puto paquete explicando las integrales? Pero, sobre todo, el gusto que debe producir decirse a sí mismo lo idiota que se es no debe tener parangón.
Pues eso. Que a ver si nos tomamos las cosas con más calma y empezamos a entender que el mundo es lo que hay. Supongo que esa será la única forma de cambiar las cosas. Perdiendo el respeto por uno mismo y, sobre todo, por los que viven del cuento a cambio de dar besos, sonreír en los mítines, amenazarte con el fuego eterno o poniendo cara de corderito después de haber liado la de dios.


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