Falta de ideas

No sé qué quiero decir aunque he decidido escribir. Estoy sentado frente a mi cuaderno de hojas cuadriculadas, la pluma en el centro del papel (más o menos), el paquete de tabaco a la derecha, el mechero a la izquierda, Bach sonando. Y no sé qué quiero decir. Hay que joderse. Primer cigarro antes del fracaso. Un trago de coca~cola. De aquí no me levanto mientras que el desastre siga pegado a la mesa. Plan b. Cualquier cosa se convierte en un buen texto si eres capaz de encontrar lo que otros no ven. Un vistazo alrededor. Muchos objetos. Ningún relato oculto. Otro cigarro. Este es el que alimenta el embrión de la desesperación. Cambio a Bach por algo de música que encuentro en el archivador de mi hijo mayor. Tiene los discos llenos de huellas. Desde hoy se los paga él. Suena una canción de Mago de Oz. Me dan ganas de escribir una nota para que la lea el juez. “Señoría, le parecerá una idiotez, pero lo único que ha pasado es que unos tíos daban golpes a una batería, gritaban mucho y la vida ha dejado de tener sentido para mí. No busque culpables entre mis familiares, dejé de pagar mi seguro de vida hace años”. No escribiré esa nota. Me parece un exceso tener que morir para parecer gracioso. Mejor más coca~cola, otro pitillo. Paciencia. El bebé llora. Excelente excusa para levantarme. Tenía sed (eso creo porque ha bebido como un poseso, se ha caído redondo con cara de extrema felicidad) y a mí me apetecía darme una vuelta por la casa. Pues nada, plan c. Intentaré recordar algo que me ocurrió de niño, mezclaré esa realidad con un poco de ficción y ya veremos qué es lo que sale. Vamos a ello.

Título: (esto lo dejo para el final)

Texto: Al nacer mi primer hijo no me dediqué a resolver los asuntos contables que obsesionan a los padres. Ni conté los dedos de pies y manos del bebé, ni anoté peso, talla u hora exacta de nacimiento. Me limité a decirle: “Hijo, nunca irás a un campamento de verano. Eso es una tortura que ningún niño debe sufrir”. La enfermera que había llevado la cuna a la habitación me miró con cara de preocupación y me ofreció un calmante. Lo rechacé con muy buenos modales y viendo que me tomaba por un tarado, por un peligro inminente para la criatura, le dije: “señorita, no sabe usted lo que sufrí los quince días que estuve en un campamento organizado por la OJE. ¿Es usted capaz de imaginar lo que significa levantarse para canturrear “Montañas nevadas” con el brazo en alto? Tenía nueve años al subir en aquel autobús y regresé hecho un anciano. Mis hijos nunca pasarán por eso”. La muchacha salió pitando de la habitación. Nunca sabré si se moría de risa y necesitaba contárselo a sus compañeras o se moría de miedo al verse delante de mister locura galopante.

Este año he roto mi promesa. Los mayores han ido a un campamento. El pequeño se ha librado porque con un año no lo aceptaban. Necesitaba descansar y me pareció una solución perfecta. Pero han regresado más felices que unas pascuas, con más ganas que nunca de hacer cosas con su padre. El pequeño se ha dedicado (durante el tiempo que los otros dos estaban fuera) a soltar dientes de todos los tamaños y formas posibles, con sus rabietas correspondientes, y sigue fabricando dientes y más dientes. Además, mis suegros están pasando unos días con nosotros en la casa alquilada para veranear y mis cuñados con su prole ocupan un chalet que está a quinientos metros del nuestro. Indescriptible.

El próximo año seré yo quien vaya a un campamento de adultos, de esos en los que te tiran desde un puente con los pies atados, te embarcan en una lancha neumática que vuelca después de veinte o treinta piruetas sobre las aguas bravas y te hacen caminar por un sendero hasta que no puedes más. Incluso cantaré “montañas nevadas” si me lo piden. Necesito descansar. Aunque sólo sean diez días.

Pues nada. No sale otra cosa. Falta el título. “Montañas nevadas” puede servir. Está claro que hoy no hay plan que solucione esto. Quizás mañana escriba algo que merezca la pena. O no. De momento, voy a dejarlo para hacer compañía a mis suegros mientras se toman el millón y medio de pastillas que les toca. No quiero que de vuelta a la cama se caigan y se rompan la cadera.


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