Familias

La mañana de Madrid ha sido luminosa, agradable, sencilla. Un buen momento para pensar, para escribir mientras los niños perdían su tiempo delante de la televisión viendo películas o jugando. El olor a comida era delicioso, los ruidos de siempre no molestaban, el movimiento de cada cual fue tranquilidad.

Hemos visitado la Feria del Libro. No tardamos más de cinco minutos en llegar desde casa y es casi obligado pasear a diario por allí. Guille ha comprado un par de libros. “Un puente lejano” y “La gran evasión”. Todo lo que tenga que ver con la segunda guerra mundial le apasiona. Mientras Silvia jugaba con los dos pequeños, he aprovechado para saludar a María Antonia Iglesias y a Pepo Paz. Ella estaba firmando ejemplares en la caseta de la librería “Antonio Machado”. Él en la de su editorial. Bartleby Editores, excelente trabajo el que hacen desde la independencia. El calor era mucho. El gentío algo agobiante. A casa de nuevo. Ya habrá tiempo de saludos y de compras. La Feria del Libro y la plaza de toros de Madrid se parecen mucho en eso. Los sábados y domingos mejor no pisar por allí.

De regreso a la tranquilidad. No hay nada que se pueda comparar a un domingo haciendo lo que te place en casa. Incluso los niños (no sabría explicar por qué extraña razón) tienden a estar entretenidos más de lo corriente con sus cosas.

Ayer celebró su primera comunión Mónica. Sobrina. Todo fue sobre ruedas. Después de sobrevivir a la ceremonia (un calor insoportable, las preces leídas por los comulgantes absolutamente lamentables, un grupo tocando la guitarra y cantando tan mal que daban ganas de apostatar y una multitud bastante irrespetuosa con la Eucaristía), comimos de maravilla, bebimos una barbaridad y reímos con ganas. La niña muy contenta, los padres satisfechos, los abuelos emocionados y todos hasta las trancas de comer y beber (bien refrescos, bien vino y licores). Estuve sentado junto a Silvia, mi esposa, y Alfonso, hermano de mi cuñado. Enfrente tuve a Sonia (cuñada elegante a más no poder) y a Ángel (empeñado en hacer llorar a la joven Gimena y jugándose la vida a manos de papá y mamá). Ya le dije: “Ángel, te estás ganando que escriba sobre ti en el blog para que todo el mundo sepa quién es el tío gilipollas de la familia”. El sabe que no sería capaz porque le aprecio y creo que, de todos mis cuñados, es el más cercano en los momentos difíciles. De hecho, cuando viene a casa le ofrezco cerveza de importación y licor del bueno. Debilidades que tiene uno.

Familia, familia política y familia literaria (si es que se puede llamar así). En realidad, todas impuestas. Y todas valoradas con el tiempo en su justa medida. Aprendemos a relativizar casi todo. Siempre comparo este tipo de relaciones a la más cercana que, sin duda, es el nacimiento de un hijo. La idiotez de los padres primerizos es tan alta que asusta. Tose el niño y crees que se está muriendo, lo que hacen el resto de padres resulta sospechoso, si tu hijo camina antes que otro te sientes Dios, si es al contrario, el trauma no te deja dormir. Pero la idiotez de los cuñados, amigos o lo que sea, primerizos, también lo es. Es el paso del tiempo lo que te aporta perspectiva para acomodarte como puedes entre tanto desconocido. Y no excluyo a padres, hermanos, hijos y esposas.

Finalmente, pase lo que pase, les ofreces cerveza de importación a unos y a otros. Porque terminas pensando que da igual todo este asunto de las relaciones en las familias sean del tipo que sean. Lo que termina siendo importante es poder pasar un domingo haciendo lo que te agrada. El resto no deja de ser una anécdota en el camino. Todo excepto hacer llorar a Gimena. Si empieza no para. Y eso sería suficiente para otorgar a Ángel el dudoso mérito de ser el tío gilipollas de la familia.


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