Fantópicos

Esta mañana, de sopetón, sin una señal previa que avisara, me he encontrado con un fantasma en la escalera. Tenía un aspecto bastante apañado, dadas las circunstancias. Aunque se transparentaba dejando ver la pared, se podía distinguir cómo vestía (las vísceras, el esqueleto y esas cosas, no. Los fantasmas no tienen nada de eso). Un turbante de tela clara y un taparrabos de tela clara, también. Eso me ha hecho pensar que se trataba de un fantasma hindú o algo así. Claro, los fantasmas pueden estar en cualquier sitio que para eso son lo que son, he pensado. Pero no. Era un fantasma de aquí al lado. Se llamaba Miguel, nació en Tomelloso y murió, ahora hace trescientos años, en Olías del Rey. Uno espera encontrarse con un fantasma de postín y termina frente a lo que queda de un pobre hombre envenenado por su mujer (eso me lo contó cuando ya habíamos intimado lo suficiente). Hemos charlado durante un buen rato. Al margen de las dos pausas obligadas cuando bajaban las vecinas, la conversación ha sido divertida. ¿Por qué te manifiestas así? ¿Qué quieres de mí? le he preguntado. Quiero que escribas mi historia, es la única forma posible de descanso. Si no lo haces seguiré vagando de escalera en escalera, sin rumbo fijo durante toda la eternidad.Ya le he dicho que me dedico a otro tipo de literatura y que, además, un hombre envenenado por un asunto de infidelidad es algo muy gastado, tópico. Le he hablado de algunos autores que se prestarían sin problemas. Y se ha sentido ofendido. Dice llevar trescientos años intentando que alguien cuente lo que le sucedió y lo único que ha conseguido es que se desmayaran al verle o evasivas como la mía. Finalmente me ha convencido y he prometido narrar su historia como sufragio para su descanso eterno.El caso es que Miguel se casó con la chica más fea del pueblo. Lo hizo sin sentir pena y no le importó lo que decían sus padres del casamiento (con María la horrible, así la conocían). El matrimonio duró doce meses justos. El día que se cumplía el año, María la horrible mezcló el caldo del potaje con un veneno de los que te dejan tieso en un suspiro. Miguel me ha dicho que los dolores fueron intensos, que la agonía fue larga. Antes de morir vio como se acercaba su mujer dando grandes zancadas. Más fea que nunca. Me has hecho feliz y eso no te lo perdono, desgraciado. Aprendí a vivir a golpes y no sé hacerlo de otra forma. Hubiera preferido seguir como estaba. Ahora ¿qué puedo hacer? Miguel (una vez convertido en fantasma) descubrió que era una excusa porque, en realidad, su mujer se la estaba pegando con un vaquero del pueblo que sabía cómo tratar a una mujer así. Decidió cambiar la vestimenta a otra alma en pena que vagaba por allí (ese sí que era hindú) y acabar con su mujer. También con el amante. Pero pronto descubrió que los fantasmas no pueden hacer nada de eso. María la horrible terminó muriendo de una enfermedad común aunque agresiva y el amante fue envenenado poco después que él mismo. Una alhaja de chica. Espero que con esto sea suficiente, que el pobre Miguel pueda descansar a partir de ahora mismo. Escucho el Réquiem alemán de Brahms por si sirve de algo. Mientras, pienso en Miguel y le deseo eterno descanso. Ha sonado el timbre. Guillermo corre para abrir la puerta. Papá, hay un señor muy raro en la puerta, dice que quiere hablar contigo. Creo que es un fantasma español porque va vestido de torero o algo así y se transparenta. No te fíes, igual es de Senegal. Dile que estoy acabando con la historia de un tal Miguel, que no puedo atenderle. Guillermo va y viene con rapidez. Papá, que dice el torero que lleva mil quinientos años esperando, que esto ya le parece un insulto. Pues que te haga un resumen y cualquier día de estos contamos su historia al primero que pase. Papá, deberías salir. Hay, por lo menos, quinientos fantasmas esperando en el recibidor. Madre mía, ya sabía yo que no debería haber contando lo de Miguel. Espera papá. Guillermo regresa. Les dice que se lo cuenten unos a otros, que cree que sirve y que si no funciona que vuelvan por aquí dentro de treinta años o así, que él quiere ser escritor y que ya se le ocurrirá algo para contar sus historias. Ya está, papá. La que ha llegado ahora es la abuela y dice que le ha pasado una cosa que no veas, que te la va a contar porque eso da para escribir una novela. Pues nada, a tragarme otra historia llena de tópicos que alguien cree que debe ser contada. El cuento de nunca acabar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


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