Feliz no cumpleaños de 1980

Recuerdo muy bien lo que pasó en cada uno de mis cumpleaños. Es una de las pocas ventajas de haber nacido un veintinueve de febrero. Son pocos aunque la suma de años sea considerable.
El año mil novecientos ochenta cumplí dieciséis años. Por aquel entonces dedicaba buena parte de mi tiempo a practicar el remo y el judo. Mucho más y mejor el primero que el segundo.
Era viernes. No es necesario que busque en un calendario porque recuerdo que estaba deseando terminar mis clases para agarrar la bolsa deportiva (no se estilaban las mochilas en ese tiempo) y salir corriendo hasta el club de remo. Allí estaba previsto que nos juntáramos todos los compañeros para celebrar el cumpleaños subidos en los botes de entrenamiento.
Es el día que mejor lo he pasado celebrando un cumpleaños. Habían preparado una buena cantidad de sorpresas que me hicieron sentir que sería posible repetir aquello cada cuatro años el resto de mi vida. Con ellos. Terminamos en el agua. Todos. Riendo. Todos.
Con dieciséis años crees que el mundo está rendido a tus pies, a los de tus amigos. Con el paso del tiempo lo único que queda es el recuerdo de un grupo de muchachos dispuestos a hacer cualquier cosa para pasarlo bien, queda la certeza de un futuro que era imaginado como perfecto, los camaradas en el agua muertos de risa después de sorprender a su amigo en un día que le llegaba cada cuatro años.
Yo aún no podía imaginar que un par de años después nunca más volvería a dar una palada, que dos de aquellos chicos morirían subidos en una motocicleta, que otro de ellos se volaría la tapa de los sesos sin dar una mínima explicación, que todos acabaríamos olvidando lo importante que es vivir sin preocuparse por el futuro. A pesar de todo, fue el cumpleaños más divertido de los pocos que he tenido.
Al regresar a casa me encontré con mis padres y mis hermanos alrededor de una tarta casera. Cantaban a gritos, desafinando como corresponde a una ocasión así. Me felicitaron y poco más. Suficiente si se trata de tu gente.
Yo estaba cansado y tampoco tenía muchas ganas de seguir con la celebración. Justo antes de acostarme, mi padre entró en mi habitación con un pequeño paquete en la mano. Me lo entregó sin ninguna solemnidad esperando que lo abriera. Dentro me encontré un viejo lapicero con la punta recién sacada. Por su aspecto calculé que tenía veinte o treinta años. Luego supe que era el que mi padre llevaba cuando ingresó en el ejército, con el que escribió las primeras cartas a mi madre. Cuando te acuerdes de este lapicero sabrás que los días como hoy no tienen la más mínima importancia si no llegan los demás. La vida es un montón enorme de momentos que sólo tienen sentido si se acumulan. Vivir uno de ellos es vivir la vida entera porque anuncia lo que está por venir, dijo sin solemnidad tampoco esta vez.
Hoy me he acordado de ese veintinueve de febrero, de las palabras de mi padre, de aquel lapicero que se perdió hace muchos años. Ahora, quien me quiere se ocupa de que no falte tinta para la estilográfica. Y los hay que me hacen gastarla sin ton ni son. Pero esos no cuentan en absoluto. Ni se acuerdan de la fecha de mi cumpleaños, ni nada de nada.



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