Filemón sin Mortadelo

Filemón (el autor teatral, no el de los comics de Ibáñez) afirmó que se dejaría ahorcar para poder charlar con Eurípides (otro clásico griego que había nacido un siglo antes). Yo no, no me gusta hablar con los escritores vivos ni con los muertos. Leer sus tragedias es suficiente. Y eso es lo que estoy haciendo estos días. Ha pasado mucho tiempo desde que las leí por primera vez. Cada uno o dos años, cuando no me apetece leer más de lo mismo, cuando creo que mi criterio literario sufre un gravísimo peligro, suelo echar un vistazo a mi viejo volumen encuadernado en piel. Hoy he leído “Alcestes” mientras iba a trabajar. Media hora de autobús para ir, tres cuartos para regresar. Me he pasado una parada para ir y dos al volver. Eurípides cuenta lo siguiente. Apolo pide a Júpiter poder librar de la muerte a Admeto (marido de Alcestes) puesto que se siente en deuda y agradecido con él. El dios lo concede a cambio de encontrar un voluntario que palme en su lugar. Nadie quiere saber nada del asunto, incluidos los padres de Admeto. Es Alcestes la que acepta morir. Y muere, claro, porque los dioses griegos eran muy serios para estas cosas. Aparece Hércules en escena. Admeto le presta su palacio para descansar en pleno duelo sin que el invitado conozca la tragedia que se vive allí. Finalmente, Hércules, que ha estado montando una juerga muy importante, se entera de todo y decide devolver al mundo de los vivos a Alcestes. Tiene sus más y sus menos con Plutón en el palacio del infierno y lo logra. La cosa termina con el matrimonio feliz y contento. Eso es lo que cuenta. Más o menos. Más menos que más porque dicho así puede parecer poca cosa. Y es que una lectura superficial puede provocar este tipo de análisis ramplón y ridículo.La tragedia de Eurípides habla del destino, de un destino que no puede ser controlado, ni siquiera, por unos dioses que diseñan el mundo sin contar con que los sentimientos humanos son ingobernables. Habla sobre eso utilizando como vehículo el valor del amor. El amor de Alcestes por su marido, sin condiciones. El de sus padres que se mezcla debilitado con el miedo a la muerte convirtiéndolo en un odio recíproco y demoledor. Amor y destino. Y una muerte que se puede evitar con la fuerza de ese amor convertido en pena por la ausencia.
Llevo años preguntándome si es Alcestes una mujer diez o, simplemente, se trata de alguien cegado por el amor, alguien que no sabe ni lo que hace. ¿Es una heroína de pies a cabeza o una irresponsable? ¿O una imbécil? El enamoramiento arrasando la razón. Llevo años preguntándome si no es el padre de Admeto el verdadero protagonista de la tragedia porque nos muestra la cara menos amable de la relación entre padre e hijo. Cuando el joven indignado le reprocha a su padre no haber querido morir por él, el anciano le dice que ningún padre vive para morir por un hijo, que ningún hijo debe elegir ese camino por absurdo e injusto, que la vida de cada uno es la que toca y la muerte se ha de asumir como propia. Muere cada sujeto y con él su mundo mientras que el resto sigue intacto. La sabiduría de la vejez, una vejez que deja de ser incómoda si la muerte acecha. ¿Es Hércules un buen tipo o es la vergüenza que siente por ser tan torpe lo que le lleva a realizar un acto heroico? La mala conciencia siempre nos ronda. ¿Es el marido un listillo que, en realidad, va a lo suyo y dice amar a su esposa cuando es incapaz de morir dejando que sea ella la que viaje al infierno? ¿Fue estúpido al pensar que el amor del padre es más poderoso que cualquier otro y que sería el suyo (su padre) el que evitaría su muerte? ¿O quiso salvar el pellejo a cualquier precio incluido quedarse sin esposa? El egoísmo disfrazado de virtud. Como de costumbre.Llevo años intentando formular preguntas que muestren lo esencial de un texto literario, no me interesa una superficie que me haga pensar en una historieta más o menos divertida. Eso es como confundir a Filemón el autor clásico con el agente de la T.I.A. Así que habrá que volver a leerla aunque al terminar tenga que regresar andando a casa desde una parada de autobús equivocada. Formulando preguntas, las mismas que hoy.


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