Fin de año

Termina el año y con él se van muchas cosas. Algunas para siempre envueltas por un olvido salvavidas. Esforzado, necesario. Otras serán echadas a patadas aunque se quedarán para siempre al otro lado de la puerta, golpeando levemente la madera de la memoria hasta que un buen día les digamos que pasen, que no sabíamos que estaban allí. Serán bienvenidas o detestadas, pero estarán dispuestas a entrar en cualquier momento. Y las habrá que continúen hasta la próxima estación, quizás hasta el final. Son las que llenarán la mochila que llevamos pegada a la conciencia, esa que, nos guste o no, resulta una carga inevitable.

Cada uno sabemos lo que dejamos atrás, lo que nos llevamos o lo que nos persigue con rapidez y nos obliga a correr un poco más cada año que concluye. Cada uno tendrá que hacer balance de lo vivido para saber si ha merecido la pena.

Yo me llevo lo de siempre. Y un poco más. Me dejo lo de siempre. Y mucho más. Sin esperanza de recuperar lo que quisiera haber conservado, con ganas de perder definitivamente algunas cosas que se empeñan en hacer compañía.

Pienso un poema de Jaime Gil de Biedma. Con él queda dicho todo.

NO VOLVERÉ A SER JOVEN

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

– como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

Y marcharme entre aplausos

– envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

Y la verdad desagradable asoma:

Envejecer, morir,

Es el único argumento de la obra.


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