Fin del verano

El último día de vacaciones estivales se parece mucho al treinta y uno de diciembre. Es un momento en el que los buenos propósitos crecen para entusiasmar al que los diseña. No perder el tiempo frente al televisor; prestar más atención al marido, a los niños, a la esposa; dejar de fumar, ocupar el tiempo libre con la lectura de buenas novelas o con el estudio, escaquearse lo menos posible en el puesto de trabajo, incluso apadrinar a un niño africano (de este año no pasa). Queremos ser mejores porque, durante treinta días, hemos comprobado que eso de vivir no es tan malo como parece. Treinta días que pasamos perdiendo el tiempo frente al televisor (algunos sin dejar de fumar); estamos deseando que los niños jueguen un ratito sin molestar, sin reclamar atención; no queremos oír una sola palabra sobre nuestro trabajo y durante los que la palabra apadrinar no tiene hueco en nuestro vocabulario. Es como si quisiéramos, una vez de vuelta, dejar de hacer aquello que durante el verano nos produce cierto placer. Las empresas aprovechan la ocasión para lanzar colecciones que comenzamos a comprar con ímpetu y dejamos abandonadas un par de semanas después. Las matrículas en gimnasios, escuelas de yoga o entidades dedicadas a la formación , se disparan aunque un par de meses más tarde las caras vuelven a ser las de siempre. Pasado un tiempo (poco) recuperamos nuestro aspecto. Estupendos, ruines o bondadosos. Es igual. Nietchze defendía que la esperanza es lo que trae de cabeza al ser humano. Ese afán por conseguir algo mejor hace que el sufrimiento de la persona sea constante. Siempre intentamos ser mejores (mejor padre o madre, mejor jefe, robar con más elegancia, gritar bajito…), tener alrededor cosas más atractivas y valiosas (sobre todo dinerito contante y sonante), pero casi nunca lo conseguimos y si mejoramos queremos más y más. Esperamos, siempre esperamos. Eso es lo que genera el sufrimiento. Una tesis bastante discutible aunque hoy, tal y como están las cosas, parece tener muchos simpatizantes (da lo mismo que ni ellos mismos lo sepan). El último día de vacaciones estivales se parece mucho al treinta y uno de diciembre. Todos comenzamos a sufrir porque, afortunadamente, seguimos siendo nosotros mismos. Y, se ponga el señor Nietchze como se ponga, la esperanza nos hace más fácil el camino hasta el siguiente primer día de vacaciones porque, al fin y al cabo, no podemos renunciar a ser como nos ha tocado. Eso sí que produciría sufrimiento. Acaba el verano y comenzamos nosotros. Qué gusto.


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