Foto de familia

Puedo encoger al verme sin color, igual que en los recuerdos más tempranos.
El espejo, cada mañana, no disimula el segundero en marcha, el movimiento de un reflejo que pretende imitar al anterior aunque no deja una sola ilusión vacía de duda. Sin embargo, el retrato deja la sensación (irreal, inventada en cada repaso) como el líquido en calma. La vida pasada, la que está por llegar, sumando en cada matiz. Nada quita. Los que ya no están vuelven a ser tal y como me dejaron, muchas veces mejores al adornarles un respeto moroso, ahora eterno, que no podrá ser saldado de ninguna forma. El debe lleno de reproches íntimos.
Los recuerdos se aprietan bajo la imagen que sin variar parece recorrer un camino conocido con el detalle del artesano. Incluso el que es imaginado, también el que hace real lo anterior, porque el sentido llega de lo pensado y nunca de un paso por decidido que sea. El papel integra en los huecos las sobras de lo cotidiano, la falta de fuerzas con las que soportar los deseos cumplidos. Pero sigo mirando, queriendo ver lo que no fue, un futuro contaminado por los recuerdos hostiles, desconocidos.
Miro con la mecánica del reloj reposando, obligada por mi quietud. Sé que el espejo pondrá las cosas en su sitio. De momento encojo sin colores alrededor. En blanco. En negro. Con ellos.


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