El pensamiento infinito

He pasado buena parte de la tarde mirando fotografías. Todas viejas.
El niño que sonríe antes de comer un helado, con su primera bicicleta, junto a sus hermanos (los mayores siempre con cara de no querer estar por allí). Un muchacho que habla con su entrenador mientras señala la embarcación, sentado alrededor de la hoguera con los amigos. En la universidad junto a otros que ahora no reconocería. De viaje. Santander, Egipto, París, Venecia. En avión, en barco, mientras conducía. Con un niño en brazos. Jugando con más de uno. Celebrando el cumpleaños de todos. Hace unos días mientras paseaba por la playa.
Fotografías todas viejas.
Ahora, mientras tomo un café, observo una que no he podido evitar arrancar de la cartulina. El muchacho mira algo que quedó fuera de cuadro. Lo hace con los ojos brillantes. Un pensamiento que no tiene fin. La boca ligeramente abierta. El gesto serio. Y recuerdo esa fiesta. A mi amigo fiel haciendo fotografías a todo y a todos como era costumbre. Todo el mundo moviéndose de un lugar a otro. Y ella inmóvil. Esperando a que la descubriera. Para siempre. En Grecia o en Israel. Dentro de un avión. Entregándome a un niño o a todos. Paseando por la playa.


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