Frío

7.30 a.m. Camina arrastrando ligeramente los pies. Siente frío. Desde hace tiempo siempre le pasa. Camina. Piensa. Sabe que ha dejado atrás gran parte de lo que arriesgó de sí mismo. Perdió todo en el primer envite.
No quedan buenos recuerdos a los que agarrarse. Ni ilusión. Ha fallado. Le han fallado.
Antes de salir de casa ha mirado con cuidado su cartera. Bien sabe él que no saldrá de esta, que la suerte está echada, que hay un único perdedor.
Cree que le ha faltado un mínimo de ayuda. Las batallas no se ganan tirando piedras con la mano, piensa.
Intenta sonreír a un niño que corretea cerca. No puede.
Queda muy poco. Antes o después tenía que llegar el momento.
Abre la puerta de la oficina. Deja la cartera con suavidad porque ha decidido hacer todo del mismo modo. Se acerca hasta el cuarto de aseo. Se ve reflejado en el espejo. Un millón de años. Qué poco queda de ti, muchacho, dice. El cuello de la camisa nueva es demasiado grande. Quisiera poder explicar qué ha pasado aunque sabe lo estéril que resultaría. Final del viaje. Con tranquilidad, con elegancia, sin grandes aspavientos. Le obsesiona dejar un recuerdo grato. Se lleva las dos manos a la cara y cierra los ojos. Se siente indefenso, aterrorizado. Intenta calmarse para poder salir de allí.
Piensa en lo extraño que le resulta que para otros todo siga su ritmo.
Cierra la puerta del despacho. Ahora sólo queda esperar.

9.00 a.m. Ella trabaja con normalidad, ríe con normalidad, da la espalda con normalidad. Reparte su amor entre los pocos que le interesan aunque se queda con la mayor parte para ella. Con mucha normalidad. Nada ni nadie le puede herir.

14.00 p.m. Apenas puede comer. Sigue encerrado en su despacho. Abre la ventana para ventilar. En la terraza de enfrente una mujer tiende la ropa. Canturrea.

17.50 p.m. Contesta la llamada telefónica. Le cuenta lo insoportable que es vivir con ese tío al lado. Mientras, mira la televisión. Ajena. Con normalidad.

21.00 Mira. La ropa ya no está. Ni la mujer cantarina. Se ajusta el nudo de la corbata. Estira las mangas de la americana. Un punto de elegancia. Pase lo que pase. Duda. Llama a una vieja amiga. Le explica que todo va bien, que no hay problema. Antes de colgar, ella le llama por su nombre. Nunca lo hace, pero ahora sí. Intuición.

7.30 a.m. Camina arrastrando ligeramente los pies. Siente frío.


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