Fritanga a 9 €

Eduardo, gran limpiabotas y mejor tipo, agarra la taza de café con delicadeza. Dice que el betún mezclado con el sudor de las manos se pega a la loza como una lapa. Y no quiere ganarse la bronca de Conchi (estupenda camarera que regaña y amenaza a Eduardo con servirle hasta los combinados en la misma taza si las deja hechas un asco).

– Mire usted, don Gabriel, hay diferentes formas de acabar con las civilizaciones. Las hay violentas, graciosas, maquiavélicas o fulminantes. Por ejemplo, Colón utilizó una técnica terrible. Se llevó a ultramar todos los virus conocidos a bordo de sus naves. Fue el primer ilegal de la historia (no vaya a creer que pidió un visado para hacer su viaje) y organizó un lío que acabó con aztecas, mayas, incas y clanes desconocidos en un abrir y cerrar de ojos. Y, además, a los que no murieron de viruela les pegaba un trabucazo. Menuda pieza.

– Ya. Pero Eduardo ¿usted cree que sabía lo de los virus el bueno de Colón?

– Sabía lo de los trabucos que son virus más grandes. Es lo mismo, ¿no?. Bueno, hablemos del asunto de su blog. Hoy toca hablar de los menús, de la fritanga. Otra forma de aniquilar una civilización. Le he preparado esto.

Eduardo me ha entregado una cuartilla. Dos caras. Y un añadido. La inevitable servilleta. También dos caras. Lo reproduzco sin corrección alguna.

“La verdadera crisis no está en Wal Strett. Cualquier paseante ajeno a lo que pasa allí puede comprobar que el gran problema de la civilización occidental es el maltrato que sufren los ciudadanos entre las dos y las cuatro de la tarde. Comida congelada y precocinada con aceites que podrían hacer circular a un autobús, pan que ni es pan ni es nada (¡¿desde cuando el pan francés es pan?!), arroz que no se pasa porque le han cambiado un cromosoma de sitio, vino que es vinagre (para que yo diga eso ya tiene que ser malo), etc. Nos cobran la fritanga a 9 € y pagamos con nuestras vidas. Una comida así no puede hacer pensar a la gente. Dicho esto contaré una anécdota que resume cómo actúan y se mueven las cocineras en los bares que sirven menús en el centro de Madrid. No tienen compasión con nadie. Estando a punto de lustrar los botines a un imbécil que se había gastado 3 € en una tienda de zapatos chinos y 5 € a mí por limpiarlos, escuché decir a una cocinera que lo suyo era ahorrar. Mandó a su ayudante a comprar 250 de chorizo para las lentejas (tenían un cromosoma menos porque sabían a rayos). 250 gramos de chorizo para las lentejas de 100 personas. Naturalmente, a mí no me tocó ni el pellejo. Ni a mí ni a nadie aunque ella lo cató seguro. De segundo plato pude elegir entre San Jacobo grasiento o salmonetes del tamaño de un tiburón, llenos de espinas y fritos con aceite de algo desconocido. ¿Nadie puede parar esta masacre? La civilización terminará descompuesta (quiero hacer notar el aspecto escatológico de la expresión) y un hombre descompuesto no puede trabajar ni nada. Irse por las patichs es lo peor y pagar por ello denigrante”

Después de leer su texto le he mirado con los ojos más abiertos de lo normal.

– Impresionante ¿verdad?

– No sé, Eduardo. Me parece algo agresivo. Yo esperaba otra cosa.

– ¿Le parece poco que avise en internet de lo que está pasando? Don Gabriel, Colón arrasó con su ejercito de virus y con un grupo de hombres pegando tiros. Las mujeres han empezado por el estómago. Se lo digo yo. Si tienen un ministerio y todo.

– Está bien. Yo lo publico, pero esta vez no le garantizo el éxito de público y crítica.

– La vida es riesgo, don Gabriel. Y si no lo cree mañana se viene a comer conmigo. Ya verá qué risa le da.


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