Futuro

¿Qué es lo que escuchas? Guillermo siempre pregunta lo mismo. Comienza sus clases de solfeo y piano el próximo miércoles y se encuentra nervioso. “Conversations With Myself” de Bill Evans. Traduce, apunta en un papel con esmero, en su lista de canciones que hay que oír de vez en cuando. Hablando solo con bil ebans. Le doy un suave pescozón y le corrijo para que lo escriba correctamente. ¿Seguro que lo has traducido bien? Mira asombrado el equipo de música. ¿Voy a tocar así? No lo sé. Evans es uno de los grandes. Mi preferido. Pero como tú también eres mi pianista enano preferido, seguro que lo logras. Sigue sentado a mi lado mientras leo unos poemas de Derek Walcott. “En ocasiones hay más dolor en una canción pop que en toda Camboya”. Eso es lo que tiene la música. Una canción cualquiera se llena de lo que uno quiere. Él tiñe esta de esperanzas, de nervios, de lejanía.
Llega Guzmán con su madre. La cara llena de tiznones, un puñado de arena en cada zapato, las manitas negras. Ha debido llorar. Nada nuevo. Ahora toca ese rato cuartelero de duchas, rancho y película de Disney. La hemos visto diez veces en los últimos diez días. Todos estaremos deseando que sean las nueve y media para que el pequeño se acueste. Gonzalo hará las primeras tareas, Silvia avanzará con la novela de Joyce. Retrato del artista adolescente. Magnífica obra. Y Guillermo me volverá a preguntar si su lista es la mejor de la historia, si le queda alguno de los buenos por escuchar, si su cuaderno pentagramado es el adecuado o si le he comprado el que se utilizaba en la edad media.
Evans sigue sonando. Se mezcla con el chapoteo, los gritos de alegría de Guzmán y las risas de su madre. Con el silencio de Gonzalo. Con el mío. Y con los pasos nerviosos de Guille que se acerca una vez más para preguntar. Entonces ¿voy a ser pianista? Eso lo tendrás que decidir tú, querido. Pues vale. Pianista. Pero como Evans. Amén, Guillermo, amén.
Silvia aparece con Guzmán en brazos, enrollado en su toalla. A este paso me llenas la casa de artistas adolescentes. No quiero pensar lo que me viene encima. Tranquila, quizás se le pase a los diez minutos de empezar. Silvia me mira con cara de incredulidad. Claro, claro, como a ti, se le va a pasar como a ti lo de la escritura. Anda, ayúdame con este. Y cambia el disco por uno de Miliki. A ver si podemos salvar algo de este desastre. No me importaría tener un médico en la familia. Guiña un ojo mientras se da la vuelta y ríe.
Papá, estoy pensando que Bécquer dice más de la cuenta. Gonzalo asoma por la puerta con un libro en la mano. Yo no hubiera contado lo que vio el cazador. Es como si explicase lo anterior. Ya estaba dicho.
Lo que faltaba, susurra Silvia. Esto va a ser una locura. Una locura.


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