Garfio

Hace cosa de dos meses me encontré con Garfio en el parque del barrio. Estaba rodeado de palomas que picoteaban con ansia los trozos de pan que les iba tirando. Llenaba la mano de migas y decía “pitas, pitas, pitas”. Luego las esparcía con poca gracia, casi con violencia. Los pobres animales se alejaban discretamente antes del reparto, sintiéndose amenazados, supongo. Le pregunté si se dedicaba a la cría de volátiles o algo así. Antes de contestar me ofreció un poco de comida para palomas que rechacé con la excusa de una reciente gastroenteritis que no terminaba de curarse. “Que va. Las estoy engordando. Cuando las vea en su punto las daré un paseito hasta la cazuela. Estas son tontas. Cuatro migajas y se dejan guisar”. Garfio es un tipo extraño, de esos que la gente etiqueta como tarado o zumbado. Es verdad que siempre habla mirando fijamente a los ojos del que tiene enfrente creando cierto malestar; es cierto que tiene una pinta algo extravagante (sobre todo cuando baja en pleno invierno luciendo un bañador de licra y gorro de baño “por si llueve”), pero a mí me parece un hombre divertido. A secas. Sin locura de por medio. “Bueno, y con tanta paloma que engordar ¿tienes tiempo para buscarte una novia formal?”. “No te enteras de nada, tío. Estoy a punto de llevarme al huerto a la chica de la panadería. Ayer mismo fui con ella hasta su casa. Ella no lo sabe, pero me metí en el mismo vagón del metro y estuve vigilando a los guarros que tocan el culo a las chavalas”. “Ya veo, ya. Entonces ¿para cuándo la boda?”. Puso cara de fastidio. “Pues no lo sé. Hay un gilipollas que anda merodeando por la tienda y me está jodiendo, pero hoy mismo tenía pensado arreglarlo. Igual le pongo las cosas claras”. Esa fue la conversación que mantuvimos. Llegaron mis hijos y se fue rodeado de palomas. “Me piro que estos son capaces de darles el paseo antes de tiempo, que los tienes muertos de hambre”.
Esta tarde nos hemos vuelto a encontrar. Garfio limpiaba el capot de su coche (no lo mueve desde hace meses porque no tiene dinero para gasolina aunque lo mantiene limpio como la patena). Aún quedaban restos de comida o algo parecido que retiraba con un trapo muy sucio. “¿Qué ha pasado, Garfio?” Por primera vez me hablaba sin mirarme. “Pues que he tirado las sobras del guiso de palomas por la ventana y he fallado. Quería atizar a esta mierda (señaló el coche aparcado tres metros más allá), pero un golpe de viento es suficiente para que fracase cualquiera”. “Menuda faena” le he contestado mientras mi mujer se retiraba muerta de risa. “Es el coche del tío ese del que te hablé, el que trataba de robarme la novia (por fin me ha mirado. El ojo derecho morado). Mira que he tenido paciencia. Hasta ayer no le había dicho nada. Pero cuando salieron juntos de la panadería ya no pude más. Me puse delante de ellos con los brazos en jarras y, sin venir a cuento, me salpicó un par de leches. Ya le he dicho a esa gorda que paso de ella, que a mí no me va la violencia pasional. No te jode la pervertida”. “A ver, Garfio, algo harías para que te sacudiera ¿no?”. “Ayer no. El otro día le insulté un poco y le rompí el espejo retrovisor del bugatti. Paso de dar más detalles. Siempre me estás sacando información”. “No te preocupes. En cuanto desaparezca el morado del ojo encuentras una dama de tu talla. Me voy que me están esperando”. Le he dado una palmada en el hombro a modo de despedida y he comenzado a caminar. “Gabriel, ¿a que soy como un personaje de novela?” ha gritado poco después. “Demasiado humano, Garfio, demasiado humano” he pensado mientras asentía haciendo, a la vez, un gesto de afirmación absolutamente contundente.


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