Golpes fallados

Todo queda colocado en su sitio cuando lo agarramos y lo llevamos hasta donde toca. Es verdad que el paso del tiempo es un buen vehículo para que eso ocurra, pero no es lo que logra que tal o cual cosa repose en el lugar exacto. El tiempo es una invención a la que estoy tan acostumbrado, en la que he creído tanto, que le cargo con un mochuelo que no le corresponde. El tiempo no existe, yo sí. Eso pienso y provoca que crezca como individuo porque me obliga a pensar en mí, a mirar al revés.

Hoy ha llovido en Madrid. Regresaba de dar clase a los pequeños. Hemos estado viendo una buena película para comprender que los narradores suelen hacer algunos saltos mortales para que veamos lo que quieren y nunca sus piruetas. Al fin y al cabo están creados por el hombre. Son su reflejo. Nuestra condición humana nos transforma en dioses si los demás lo permiten. Por eso, hacemos todo lo que podemos a nuestra imagen y semejanza. Hacedores como él. Como el de verdad. Si es que existe. Si no es como el tiempo inventado. Y llovía mientras recorría el camino de vuelta a casa. Escuchando a Tchaikovski, su concierto número uno. Me gusta conducir mientras diluvia. Todo es más lento. Sólo el agua parece tener prisa por caer para mezclarse con lo que está gracias a ella. Es una verdadera diosa. Lo demás se mueve con la cadencia de la luna durante el eclipse.He aprovechado para pensar dónde está cada cosa. Porque el tiempo no piensa, ni ordena.Una de las escenas de la película muestra cómo un boxeador intenta un crochet en el rostro del rival. Está cansado, quizás asustado. Descarga el golpe con más violencia de la debida fallándolo y le hace abrir la guardia en el lado contrario. El otro púgil, que sin ser un gran boxeador ha estado utilizando el jab con la paciencia del miedo, aprovecha para alcanzar con un directo al contrario. Y, a partir de ese momento, le machaca. El narrador quería que viéramos al héroe, al hombre que logra vencer al poderoso a base de tesón. Pero no, lo que hemos visto es que un error se paga caro, que otros lo pueden aprovechar para parecer algo que no son. La película iba adquiriendo una dimensión diferente, espléndida. El héroe quedando en entredicho. Como todos nosotros, como todo lo que hacemos. Eso es lo que hay que colocar otra vez. Lo erróneo. El agua aclaraba la poca luz que quedaba. Un inventario rápido para reconocer un orden que tranquiliza. Es posible que la felicidad sea eso. El orden de las cosas vistas desde la deidad de cada cual.Ha llovido lo suficiente para que el desastre fuera absoluto en la carretera. El caos de cada día multiplicado por mucho. La lluvia cayendo con prisa. Tchaikovski ordenando los sentidos. El pensamiento ordenando lo vivido.

Ayer Silvia se sentó a mi derecha. Está guapísima. El atractivo de una mujer embarazada supera cualquier otra cosa. Disfrutamos de la ópera (original, vocalmente perfecta, musicalmente más que correcta), del paseo que dimos por la plaza de Oriente durante el descanso, de cada beso. Regresamos para encontrar la casa en silencio, tranquila. Una copa mientras charlábamos. Sabemos que todo se encuentra en el lugar exacto. Ese es el orden de las cosas porque es el nuestro. Somos hacedores de eso por pequeño que sea, colocamos las cosas que nos rodean, nuestras conciencias.Diez minutos lloviendo. Escampa. Otra excusa para fumar. Hay que abrir la ventanilla. Ruido de motores, de ruedas escupiendo agua negruzca. Desaparece Tchaikovski. El pensar se acelera para poder indicar la forma de salir de esa ratonera. El orden de las cosas desaparece para que puedas asumir el desorden ajeno. Intermitentes, frenadas a destiempo. Todo hace pensar que el tiempo existe. Pero habrá más días de lluvia en los que pueda mirar tranquilo. Muchos, muchos más. Tantos como crochets fallados que me obliguen a recolocar algunas cosas. A ser algo más feliz.


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