Guantazos, collejas, azotazos y detenciones.

Una cadena de televisión privada preguntaba hoy sobre lo que puede suponer un cachete a un niño, sobre si los espectadores estaban o no de acuerdo con el castigo físico en la educación (naturalmente limitado a un azote en el culo o un coscorrón). Un debate viejo. Adornaban la pregunta con una noticia. Parece ser que un hombre (creo que un concejal de una ciudad italiana o algo así) ha sido detenido por sacudir un guantazo a su hijo de once años que se negaba a entrar en un restaurante montando, al mismo tiempo, un pollo de cojones. Esto ocurría en Suecia.
Ni un azotazo, ni un guantazo, ni un coscorrón, ni una colleja, conducen a nada cuando se trata de la educación de un niño. Un castigo que tenga que ver con su esfuerzo personal es siempre mejor solución. Hasta aquí la teoría. Muy bonito todo.
Soy padre de cuatro hijos. El mayor diecisiete. La pequeña cuatro. Unos plastas cuando se ponen plastas. Sacan de quicio a cualquiera. Cada uno de ellos a su manera. Si resulta que deciden ponerse pesados a la vez, el mundo se convierte en un lugar inhabitable para sus padres. Si resulta que lo hacen de uno en uno, el mundo se convierte en un lugar inhabitable. Siempre he procurado que se me fuera la mano lo menos posible (con los dos mayores, naturalmente, no se me va hace años). Pero no puedo negar que alguna vez se me ha ido. Incluso podría haber repartido estopa unos seis millones de veces más. Garantizo a cualquiera que vivir con cuatro niños alrededor es una prueba diaria de resistencia nerviosa. Esto es lo que hay. Y, al menos así lo he experimentado yo, algunas veces (los cuatro sin excepción) han pedido el coscorrón como si fuera el maná salvador, como prueba de existir ante los ojos de los padres que no les hacen caso. Esta es la practica. Bastante feita, sí.
¿Hay que tener cuidado con estas cosas? Claro que sí. Un tío que está medio loco le puede coger el gusto a la mano floja y terminar cometiendo un disparate. No hay que fomentar este tipo de cosas. Pero, de verdad, es algo inevitable que un padre o una madre en un momento de nervios, de cansancio o de lo que sea, le sacuda una colleja a un niño que ha decidido no entender nada y seguir por un camino imposible a base de gritos, pataleos, lanzamiento de objetos al suelo o cualquier cosa que se le pase por la cabeza. Inevitable del todo. Hay que tener cuidado. Pero ¿es tener cuidado detener a un señor por dar un azote a su hijo? Esto es igual de absurdo que internar a un chaval de once años en un centro para chicos malos por no querer entrar en el restaurante. Es la misma gilipollez.
La teoría nos la sabemos todos. Siempre recuerdo cuando mi hermano mayor fue padre (muchísimo antes que yo) y miraba alguna escena pensando que jamás haría una cosa así. Tenía muy claro que la educación era una especie de manual muy fácil de entender y aplicar. Cuando fui padre comprobé que ni manual ni nada que se le pareciera. Y cuando me encontré con cuatro hijos en el mundo aquellas ideas tan bonitas se me olvidaron enseguida.
No hace falta decir que me estoy refiriendo a un azote en el culo o algo de la misma levedad. Que nadie piense que estoy justificando a los cafres que andan por el mundo dando palizas o apagando cigarros en las manos de los niños. Con eso tolerancia cero y condenas duras. Pero, del mismo modo, tampoco voy a justificar a un idiota que denuncia a un padre por un capón.
Mi experiencia docente me ha enseñado una cosa terrible (hablo de la mía propia y, tal vez, sea extraña o particular). Los niños con padres que iban de maestros de la enseñanza de manual, llegado el muchacho a una edad, se volvían tarumbas preguntándose que habían hecho mal. El muchacho era un tirano, insoportable, maleducado y su tolerancia al no llegaba a unos límites grotescos. Nunca se lo dije a nadie, pero, de buena gana, les hubiera recomendado que le dieran un guantazo después de liar la marimorena. Igual era lo que faltaba en el manual. Y no les hubiera pasado nada. España está llena de personas de mi edad que algún sopapo probamos y no nos dejó traumatizados. Sepan que mi tara me venía de serie y no tuvo que ver con aquel guantazo que me gané por gilipollas.
Una cosa más. Comprendería que el niño que ven en la foto siguiera llorando para siempre. Menudo panorama. Eso sí que es un trauma.


3 Respuestas en “Guantazos, collejas, azotazos y detenciones.”

  • Anónimo ha escrito:

    Mi padre jamás nos ha puesto la mano encima. Mi madre, desquiciada, nos dio un montón de collejas, todas merecidas, creo. Y no por éso dejo de pensar que mi madre es la mejor del mundo.
    Esta gente que denuncia gilipolleces debe estar muy aburrida.

    Un abrazo.

    P.D: Gabriel, en tu página de FB hoy no se ve nada más que la nota ” No hay publicaciones que mostrar ” :-(

  • Celina. ha escrito:

    Amigo. Somos, muy poc@s, a los que la vida nos dotò, de una capacidad, de corregir, educar, con sòlo amor: un llamado cariñoso, un toquecito en el hombro inundado de amor, un momento sentarse a escucharlos…un te amo,que les “retumbe” en los oìdos, y desemboque en el alma.
    Amigo,…es tan lindo,permitirle, a los hijos, a los nietos, a todos los niños, jòvenes (en mi caso)que han pasado, por mis manos, y sentir,…que hasta se ha disfrutado de sus travesuras…pero, igualmente, se ha estado ahì, para corregir amorosamente.
    Te invito, a que pruebes; los resultados, son indescriptiblemente bellos.
    Saludos, y un besito Amigo-Escritor.

  • Edda ha escrito:

    Mis hijos han tirado por tierra todas mis teorías y están en una edad en la que me están dejando sin argumentos. Pero es curioso, consigo más sin argumentos que levantando la mano.