Guerra de guerrillas

El hombre espera bajo el árbol. Mil cuatrocientos setenta días. No ha fallado uno solo. Amenaza tormenta. Mira a una mujer que corre arrastrando de la mano a un niño. A su espalda una pareja camina ajena a lo que todos temen. Tal y como hace el hombre. Prometió esperar y eso hace dice un papel con el que juguetea. Las manos en la espalda. Los pies juntos. La barbilla ligeramente levantada. Las primeras gotas caen. Suenan como insectos que intentan salir aleteando de una caja de cartón.
Al llegar a casa respira de forma agitada. Inspira con normalidad aunque suelta el aire de forma atropellada. Del papel queda una esquina; la que ha tenido entre los dedos. Camina hasta el escritorio, agarra otra hoja del mismo tamaño que el anterior y escribe. Prometí esperar y eso tengo que hacer.
Sale de la ducha y, desnudo, se sienta para cenar. Un trozo de queso, unas aceitunas, algo de pan. Suena la puerta al cerrarse. La mujer se acerca por el pasillo. Mira al hombre. Ya estoy aquí, he vuelto, como cada día. El hombre mastica despacio. Treinta y cinco veces cada bocado. Hace exactamente mil cuatrocientos setenta días que te fuiste. Abrazada a ese tipo. Nunca regresaste. La mujer expulsa aire por la boca, cierra los ojos y lleva la mano derecha a la cara para pasar el pulgar por un lado y el resto de los dedos por el otro. Se gira y quiere dar un paso. Le interrumpe la voz del hombre. Abrazada a aquel tipo del que no has sabido despegarte. Cada día entras por la puerta con él. Ella termina el gesto anda hasta el baño. Se encierra. No llora. Ya no es tiempo. El hombre pasa el dedo por la madera de la mesa. La venganza es eso; pedir a otros lo imposible, diría la frase escrita si pudiese verse.


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